Algunos de ellos son coyunturales, otros vienen de un mar de fondo, y lo interesante, aunque negativo a la vez, es justamente que se han juntado tanto la coyuntura como la estructura.
La coyuntura la conocemos todos bien. Desde que se inició la agresión por parte de Estados Unidos, en conjunción con Israel, a Irán, nos encontramos con la compleja situación del estrecho de Ormuz, por el que circula el 20% del petróleo a nivel internacional. Y no solamente es el 20% del petróleo, sino que además es un petróleo estratégico porque es de muy alta calidad. No todos los petróleos son iguales, y el petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz es, haciendo un símil, como el aceite de oliva virgen extra de mayor calidad: sirve tanto para la fabricación de los combustibles más pesados, como el diésel, como de los más ligeros, como la gasolina o el queroseno. Así que, tanto porcentual como cualitativamente, es importante.
Además, esto se suma a la guerra en Ucrania, en la que ambos países han decidido hacer daño a las infraestructuras energéticas, específicamente Ucrania atacando refinerías de Rusia. Y a todo ello, se añade también el hecho de que desde Europa se sanciona el petróleo ruso y hemos dejado de comprarlo, con lo cual nos hemos quitado de encima uno de los proveedores de petróleo que teníamos.
Y, por último, debemos contar ahora con los ataques de los hutíes, donde estamos viendo cómo, por semanas, en función de cómo está este asunto bélico, el precio del barril de Brent sube o baja.
Esto es muy importante tenerlo en cuenta: no solamente por la parte de Oriente Próximo, sino también por la parte de Rusia, porque el mercado se había reorganizado de manera que, al final, el petróleo que Rusia nos vendía nos llegaba indirectamente, refinado en otros lugares, básicamente Turquía, la India y luego China. Pero una vez que Rusia también está afectada por los ataques, ellos mismos han tenido que racionar el petróleo, con lo cual ese petróleo, que Rusia vendía a un precio muy bajo a terceros países no alineados con las políticas de sanción de Occidente, ha dejado de llegarnos. Estábamos haciendo como una trampa intermedia.
Esto por el lado coyuntural. Por otro lado, hay un factor muy importante que es estructural: la Unión Europea tomó la decisión de abonarse a la electrificación y no incentivó ni promovió que se mantuvieran o se crearan más refinerías de combustible, sino todo lo contrario. Ya nos encontramos con entre un 20% y un 25% menos de capacidad de procesado de refino.
Todo esto junto ha supuesto que el diésel, que es algo estratégico, se encarezca. Por un lado, Europa tiene menos capacidad de refino; por otro, Europa no lo puede traer de Rusia ni directa ni indirectamente; y, cuando salimos a comprarlo al mercado, nos encontramos con que tenemos que competir con países asiáticos que están creciendo y aumentando mucho su consumo, y con los que antes no competíamos, con lo cual el precio sube. Y eso es lo que está haciendo, entre otras cosas, que el gasóleo alcance precios tan altos hasta superar al de la gasolina. Básicamente, hay escasez de refino de gasóleo y además hay muchísimos países compitiendo por él, con Estados Unidos también al límite de su capacidad de producción de gasóleo y, por lo tanto, vendiendo el que le queda a un precio muy alto.
Esta es la situación que tenemos, provocada, en parte también, por las decisiones de la Unión Europea. Si a esto le sumamos que en el futuro los carburantes en Europa se van a encarecer por un aumento de los impuestos y de las emisiones de CO2 —no solo relativas al uso de los carburantes, sino también a su propia extracción y distribución—, lo que tenemos es un marco en el que es difícil que el precio de los carburantes baje a niveles de hace 15 o 20 años.
Vamos a un marco de precios altos casi permanentes, entendiendo como permanente que el precio no baje mucho más allá del euro y medio. El único escenario en el que el carburante pudiese bajar, con todo lo analizado anteriormente, sería una crisis económica que redujera la actividad y, por ende, el consumo de energía. Por tanto, esta situación ha llegado para quedarse, es una nueva normalidad.
¿Y de aquí a final de año qué puede pasar? Es difícil averiguar, no hay una bola de cristal. La Unión Europea ha empezado a liberar reservas, específicamente de gasóleo, para ponerlas en el mercado. Es una medida que se toma en situaciones excepcionales, y eso demuestra la gravedad de la situación que estamos viviendo. Esto no va a aliviar el precio si continúan los conflictos y la coyuntura que tenemos a nivel bélico. Refiriéndonos a los dos ejes: por un lado, el estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb —el estrecho que da acceso al canal de Suez—, con los hutíes también percutiendo para hacer daño a la economía. Y, por otro, el conflicto entre Rusia y Ucrania, que se están haciendo mucho daño antes de que llegue el invierno y necesiten ellos mismos sus propios combustibles. Son los últimos estertores.
Así que nadie tiene una bola de cristal para saber qué va a pasar con estos conflictos, pero previsiblemente el escenario más probable, ahora que viene el invierno y que hay un consumo mucho más alto de fuel y de carburantes por las calefacciones, es que los precios se mantengan altos. Probablemente habrá que prorrogar las ayudas y, si no se prorrogan, nos acostumbraremos a unos precios de entre 1,80 y 2,20 euros durante unos cuantos meses.
Todo esto, con todas las reservas necesarias, puesto que hay factores que no se pueden controlar, y los factores que se pueden controlar ahora mismo están al límite. Y “winter is coming”. Eso significa que, por lo menos hasta que pasemos la época más cruda del invierno, allá por marzo, lo más probable es que los meses que vienen sean meses complicados.

