La estabilidad de precios es la razón de ser de la institución y permitir que la inflación se descontrolara de nuevo sería una irresponsabilidad difícil de justificar. La dificultad aparece al observar el cuadro completo, porque Europa apenas crece y el propio BCE espera un avance en torno al 0,9% para 2026, de modo que la eurozona afronta de forma simultánea una inflación por encima del objetivo y una economía que avanza con el freno de mano puesto.
Esa combinación remite a 2011, cuando Jean-Claude Trichet, preocupado por una inflación que superaba el 2%, elevó los tipos del 1% al 1,25% en abril y hasta el 1,50% en julio. El error no estuvo en combatir la inflación, sino en el momento elegido, ya que Europa arrastraba todavía las heridas de la Gran Crisis Financiera y comenzaba a adentrarse en la crisis de deuda soberana. Pocos meses después, Mario Draghi tuvo que deshacer aquellas subidas, con una bajada al 1,25% en noviembre y otra al 1% en diciembre.
Conviene, no obstante, evitar el paralelismo automático, porque 2026 no es 2011 y el BCE tiene hoy motivos fundados para actuar. El riesgo relevante no es un encarecimiento temporal del petróleo o del gas, sino que ese incremento termine trasladándose al transporte, a los alimentos, a los salarios, a los servicios y, finalmente, a las expectativas de inflación, que es el punto en el que una inflación importada se convierte en doméstica y estructural. Cabe preguntarse, sin embargo, qué parte del problema puede resolver la política monetaria, porque subir tipos combate la demanda pero no crea oferta, y el BCE puede encarecer el precio del dinero sin poder producir petróleo ni llenar los depósitos europeos de gas.
Las consecuencias de unos tipos más altos se reparten por toda la economía, desde hipotecas más caras y menor consumo hasta una financiación empresarial más costosa, menor inversión y, sobre todo, un mayor coste de refinanciación para la deuda pública acumulada durante años de dinero prácticamente gratis. Durante demasiado tiempo, gobiernos, empresas e inversores actuaron como si ese dinero gratis fuera una característica permanente del sistema financiero, y cuanto más tiempo permanezcan elevados los tipos, mayor será el volumen de deuda que habrá que renovar a costes superiores.
Para los mercados, el cambio más relevante es de planteamiento. Durante meses la discusión se limitaba a cuándo bajaría el BCE y cuántas veces lo haría, mientras que ahora empieza a plantearse hasta dónde tendrá que subir, y ese desplazamiento afecta de lleno a la renta fija de larga duración, donde el aumento de los tipos y de las expectativas sobre ellos eleva la rentabilidad exigida a los bonos y presiona a la baja el precio de los títulos en circulación. Quien asocie la renta fija a estabilidad haría bien en recuperar los gráficos de 2022.
El equilibrio que afronta la institución es exigente, porque hacer demasiado poco permitiría que la inflación energética contaminara al resto de la economía y hacer demasiado debilitaría todavía más un crecimiento ya escaso. Esa fue la lección de 2011 y sigue vigente, dado que el problema no está en utilizar el instrumento, sino en saber cuándo dejar de emplearlo, y en política monetaria, igual que en inversión, buscar el último punto básico puede salir extraordinariamente caro

