El FMI prevé además que mantenga ritmos próximos al 4% en los próximos años. Sin embargo, este avance convive con una intensa emigración juvenil hacia Europa. Aunque Marruecos mejora sus indicadores macroeconómicos, sigue siendo un país con una renta per cápita muy inferior a la española y con importantes desigualdades territoriales. Muchos jóvenes buscan fuera mejores oportunidades laborales y salariales.
Este fenómeno tiene efectos positivos a corto plazo para el país. Por un lado, reduce la presión sobre el mercado laboral y contribuye a contener un desempleo juvenil que ronda el 30% en algunas zonas. Por otro, impulsa las remesas enviadas por los emigrantes, una de las principales fuentes de ingresos exteriores. Entre enero y abril de este año, estas transferencias crecieron un 10% y alcanzaron unos 3.700 millones de euros.
No obstante, la salida de miles de jóvenes también plantea riesgos. La pérdida de capital humano puede limitar el crecimiento futuro y agravar los desequilibrios demográficos. Además, persisten problemas estructurales como el elevado paro juvenil, las diferencias entre áreas urbanas y rurales y el acceso desigual a oportunidades económicas.
Analistas como Conradie, de Oxford Economics, advierten de que millones de jóvenes marroquíes siguen sin empleo ni formación, una situación que alimenta el malestar social. Por ello, aunque la emigración actúa actualmente como una válvula de escape económica y política, Marruecos deberá afrontar estos desafíos si quiere sostener su crecimiento a largo plazo.
