Los almacenamientos de la UE se sitúan en el 61,4% de su capacidad, frente al 74% de hace un año y muy por debajo de los niveles superiores al 90% registrados en 2022 y 2023.
España presenta una situación más favorable, con sus reservas al 73,4%, aunque también por debajo de campañas anteriores. Solo Polonia, Portugal e Italia muestran niveles superiores entre las principales economías europeas.
El contexto energético se ha complicado por la caída de las importaciones de gas natural licuado (GNL), que han descendido un 4,1% desde comienzos de año, y por las tensiones en Oriente Medio, que siguen afectando al suministro internacional. Además, los precios continúan elevados, lo que dificulta acelerar el llenado de los depósitos.
Diversos analistas advierten de que este invierno podría ser el más complejo desde la crisis energética de 2021. A los problemas geopolíticos se suman interrupciones en la producción noruega y una menor generación hidroeléctrica y nuclear debido a la sequía, factores que incrementan la dependencia del gas. Ante esta situación, Bruselas flexibilizó el objetivo de almacenamiento del 90% al 80% en circunstancias excepcionales. Sin embargo, varias consultoras consideran difícil alcanzar incluso ese umbral y estiman que las reservas podrían situarse entre el 70% y el 75% antes del inicio de la temporada invernal.
La tensión en el mercado también amenaza con impulsar la inflación. Oxford Economics calcula que la tasa de la eurozona podría acercarse al 3,5% en la segunda mitad del año, mientras que los precios de la energía para los consumidores podrían aumentar hasta un 15% en el último trimestre.
Pese a ello, los expertos descartan por ahora una crisis similar a la de 2022. Europa cuenta hoy con una mayor capacidad de importación de GNL y consume entre un 15% y un 20% menos gas que antes de la invasión de Ucrania. No obstante, una ola de frío persistente o nuevos recortes de suministro ruso podrían reactivar las tensiones y aumentar el riesgo de escasez durante el invierno.
