En esta ocasión, la controversia surge en torno a la declaración institucional propuesta por el Partido Popular para condenar al régimen de Irán, una iniciativa que pretendía reconocer la valentía de las mujeres iraníes frente a la opresión y la vulneración de sus derechos.
Resulta especialmente significativo que los socios de Sumar –integrantes del Ejecutivo que se autodenomina «el más feminista de la historia»– hayan rechazado sumarse a la condena, evidenciando una vez más las fisuras ideológicas dentro del bloque gubernamental. Mientras el PSOE ha respaldado la medida, Podemos ha optado por desmarcarse, dejando claro que las diferencias sobre política internacional y derechos humanos son persistentes, incluso en cuestiones de género que deberían suscitar consenso.
Esta división no solo pone en entredicho el discurso oficial del Gobierno en materia de igualdad, sino que también proyecta una imagen de incoherencia ante la ciudadanía y la comunidad internacional. Reconocer y apoyar la lucha de las mujeres iraníes debería ser un compromiso transversal, más allá de los intereses partidistas y los cálculos políticos. El episodio en el Congreso refleja, en definitiva, cómo la agenda feminista queda a menudo supeditada a disputas internas y posicionamientos tácticos, en vez de convertirse en una prioridad real y compartida.
Y es que en los últimos años, se ha observado una incoherencia preocupante en ciertos sectores de la izquierda que se autodenominan feministas, pero que permanecen inmóviles ante los abusos cometidos por sus propios afiliados. Esta actitud pone en evidencia una doble moral que resta credibilidad al movimiento y debilita la lucha por la igualdad. Es imprescindible exigir la misma contundencia y transparencia frente a los abusos, independientemente de la ideología o el partido al que pertenezca el agresor, para que el feminismo mantenga su legitimidad y fuerza social.
De lo contrario, nos encontraremos con una pérdida progresiva de influencia en la sociedad que prescindirá de ese tipo de político por su inconsistencia moral y su simple ideología de salón de la que cualquier ciudadano puede prescindir porque nunca responderá a una moral y una ética acorde con lo que esos mismos ciudadanos demanden en mero papel higiénico para unos pocos seguidores convirtiéndose en un simple e inútil papel higiénico.
