La candidatura encabezada por Montero llega a la cita en un ambiente marcado por la incertidumbre, las expectativas a la baja y un progresivo reposicionamiento de las distintas familias del partido.
Dentro de este escenario, el sector vinculado a Susana Díaz permanece atento a la evolución de los acontecimientos. En el entorno de la actual candidata socialista se asume que el denominado “susanismo” no ha desaparecido, sino que ha permanecido latente a la espera de una oportunidad. Esa ocasión podría llegar precisamente tras el 17-M si los resultados confirman los pronósticos más negativos.
La expresidenta andaluza, que en los últimos meses ha reaparecido en actos de carácter simbólico, mantiene una red de influencia considerable dentro de la federación andaluza. En provincias como Cádiz, Sevilla o Almería conserva porcentajes de apoyo superiores al 60%, y una presencia significativa en el conjunto de la región. Este capital político le permite seguir jugando un papel relevante, aunque no aspire, al menos de momento, a una confrontación directa.
Su estrategia parece orientarse hacia una reconstrucción paulatina de su influencia, utilizando Andalucía como base para proyectarse hacia el ámbito federal. En este sentido, ya ha establecido contactos con dirigentes de otras comunidades autónomas, como Asturias o Aragón, con el objetivo de tejer alianzas de cara a un posible escenario futuro en el que se abra una nueva etapa en el liderazgo del PSOE.
Mientras tanto, la campaña de Montero ha estado marcada por altibajos y por una gestión de expectativas que desde la dirección del partido se ha tratado de modular. En Moncloa se ha deslizado la idea de que una horquilla de entre 28 y 30 escaños podría interpretarse como un resultado aceptable, una comparación que contrasta con las cifras históricas del PSOE andaluz, que llegó a rozar el 50% de los votos y obtuvo 47 diputados en 2012.
El contraste entre aquellos resultados y la situación actual refleja una pérdida sostenida de apoyo electoral. Desde el regreso de Pedro Sánchez al liderazgo del partido en 2017, el PSOE andaluz ha cedido cerca de veinte puntos de respaldo, y una parte significativa de su electorado tradicional ha abandonado la formación. Este deterioro no ha desembocado, sin embargo, en una crisis interna abierta, lo que evidencia un cambio profundo en la dinámica orgánica del partido. Diversas voces internas describen un PSOE más centralizado, con menor margen para la discrepancia y con un mayor peso del aparato militante. La organización depende en mayor medida de su estructura interna que de grandes mayorías electorales, lo que explica, según estas lecturas, la capacidad de sostener decisiones políticas que en el pasado habrían generado contestación interna inmediata.
En este nuevo equilibrio, el partido se apoya en tres pilares fundamentales: el PSC como socio clave en Cataluña, los acuerdos parlamentarios con formaciones independentistas como ERC y una militancia alineada con la dirección. Este modelo prioriza la estabilidad institucional sobre la expansión territorial, lo que redefine los objetivos estratégicos del PSOE a medio plazo.
En el horizonte inmediato, el resultado de las elecciones andaluzas será determinante para el futuro de María Jesús Montero dentro de la estructura del partido. Su continuidad como vicesecretaria general podría depender del balance que se realice en el comité federal previsto para el 27 de junio. Sin embargo, no se espera que las tensiones internas desemboquen en un conflicto abierto a corto plazo.
El sector afín a Susana Díaz parece optar por una estrategia de desgaste progresivo, evitando confrontaciones directas y esperando a que las circunstancias políticas creen un escenario favorable. Desde su posición como senadora, mantiene una observación constante de los movimientos internos, con la mirada puesta en Ferraz más que en la política autonómica.
Al mismo tiempo, en el entorno presidencial se da por hecho que, incluso ante un mal resultado en Andalucía, no se producirá un cambio sustancial en la estrategia del partido. La prioridad seguirá siendo mantener la cohesión interna, reforzar las alianzas parlamentarias y sostener la estabilidad del Gobierno.
Este planteamiento implica asumir la pérdida de peso en determinados territorios como un coste asumible dentro de una estrategia de resistencia. Cataluña y Euskadi se consolidan como prioridades, mientras que otras regiones pasan a un segundo plano en términos de influencia política. Este giro estratégico preocupa a algunos sectores históricos del partido, que consideran que el PSOE está renunciando a su vocación de fuerza mayoritaria transversal para convertirse en un actor más dependiente de un bloque parlamentario concreto. La formación, que durante décadas aspiró a representar amplias mayorías sociales, podría estar entrando en una nueva fase basada en la contención y la supervivencia política.
En este contexto, Andalucía se convierte en el primer gran test de esta evolución. El resultado del 17-M no solo determinará el equilibrio interno del socialismo andaluz, sino que también servirá como indicador de la viabilidad del modelo actual del PSOE a nivel nacional. El desenlace marcará el inicio de una nueva etapa en la que los movimientos internos, discretos pero constantes, seguirán redefiniendo el futuro del partido.

