Fue una conversación franca, exigente y muy estimulante. Porque cuando uno dialoga con jóvenes que se están formando para dirigir empresas, para emprender, analizar mercados o tomar decisiones financieras en el futuro, comprende que hablar de economía no es un ejercicio académico: es hablar de responsabilidad.
La economía no es una abstracción ni una sucesión de cifras en un boletín estadístico. Es el resultado de decisiones concretas. Como las decisiones empresariales, que crean empleo, impulsan la innovación y generan prosperidad. Por eso, hablar hoy de economía es, en gran medida, hablar de empresa.
Contexto macroeconómico: el terreno de juego
Pero antes de meternos en materia, era necesario reflexionar sobre el contexto geopolítico y macroeconómico en el que nos encontramos.
Comenzamos 2026 prácticamente como terminamos el año anterior: en un entorno marcado por la incertidumbre internacional, la moderación del crecimiento en Europa y un contexto geopolítico complejo que obliga a las empresas a actuar con prudencia, pero también con visión estratégica.
En ese escenario, España muestra un comportamiento relativamente sólido. En 2025 nuestro PIB creció un 2,8 %, por encima de la mayoría de las grandes economías europeas como Francia, Italia o Alemania. Las previsiones para 2026 apuntan a un avance todavía sostenido, en el entorno del 2,2–2,3 %, impulsado por el consumo, la creación de empleo y el dinamismo de los servicios de mayor valor añadido. La inflación, además, se ha moderado hasta situarse en torno al 2,4 %, lo que refleja una cierta estabilización tras las tensiones de los últimos años. Y en el mercado laboral, España registra la tasa de paro más baja de los últimos 17 años, por debajo del 10 %, con Madrid situándose aproximadamente tres puntos por debajo de la media nacional.
Estos indicadores confirman que, incluso en un contexto internacional incierto, la economía española está funcionando mejor que buena parte de sus vecinos europeos.
No obstante, esta fotografía macroeconómica positiva convive con una realidad que no podemos ignorar: la capacidad de compra de muchos ciudadanos se ha visto erosionada en los últimos años. Aunque la inflación se haya moderado recientemente, el fuerte incremento acumulado de precios desde 2021 ha reducido el poder adquisitivo de las familias, especialmente en bienes básicos como alimentación y energía. En términos reales, muchos hogares perciben —con razón— que su renta disponible rinde menos que antes. A ello se suma un elemento adicional que explica el malestar social: el aumento de la carga impositiva efectiva vía IRPF —al no haberse deflactado plenamente los tramos— y el incremento de las cotizaciones sociales. En la práctica, muchos trabajadores y trabajadoras comprueban cómo una parte muy significativa de su salario bruto —en determinados casos cercana al 50 % entre impuestos y cotizaciones— se destina al sistema fiscal y de Seguridad Social, y, por tanto, no perciben en su economía doméstica esa mejora macroeconómica de la que hablan los indicadores. Esa desconexión entre dato agregado y realidad individual erosiona la confianza y alimenta la sensación de empobrecimiento relativo.
Ante esta situación, el Gobierno dispone de instrumentos para aliviar, al menos en parte, esta pérdida de poder adquisitivo. Uno de ellos es la deflactación del IRPF, es decir, la adaptación de los tramos del impuesto a la evolución de los precios para evitar que subidas nominales de salarios derivadas de la inflación se traduzcan en una mayor carga fiscal efectiva. Esta medida no resuelve por sí sola el problema estructural de renta, pero sí puede evitar que la presión fiscal aumente de forma silenciosa en un contexto de encarecimiento generalizado del coste de la vida y puede contribuir a corregir esa situación de menor capacidad de compra.
Porque mantener el crecimiento, sostener la recaudación fiscal y, al mismo tiempo, reforzar la competitividad empresarial y proteger la capacidad adquisitiva de los ciudadanos no son objetivos incompatibles. Al contrario: forman parte de una misma estrategia de estabilidad y prosperidad a medio plazo.Defiendo, en este sentido, una menor presión fiscal bien orientada, porque puede estimular la actividad económica, la inversión empresarial, el consumo y ampliar las bases imponibles y generar, a la vez, una mayor recaudación como consecuencia de ese aumento del consumo y de la actividad económica. Favorecer el consumo (que hay que recordar que supone el 50% del PIB y es uno de los dos pilares de nuestro crecimiento, junto a la internacionalización), incentivar la inversión y reforzar la competitividad empresarial no son incompatibles con sostener nuestro Estado del Bienestar; al contrario, es la condición necesaria para garantizar su financiación futura sobre bases más sólidas, dinámicas y sostenibles.
La Comunidad de Madrid en la economía española
Y es imprescindible comenzar por la Comunidad de Madrid. Nuestra región genera en torno al 19 % del PIB nacional con apenas el 14 % de la población. Este diferencial refleja un elevado nivel de productividad y dinamismo. Madrid crea uno de cada cuatro empleos del país y se ha consolidado como el principal polo de atracción de inversión extranjera, captando tres de cada cuatro euros del capital internacional que llega a España en los últimos años.
Además, Madrid alberga más de 500.000 empresas, desde pymes y autónomos hasta grandes multinacionales que han situado aquí sus centros de decisión. Aunque no es una región industrial clásica, aporta en torno al 12–13 % de las exportaciones españolas de bienes y lidera claramente la exportación de servicios avanzados: financieros, tecnológicos y profesionales. En términos económicos, Madrid no es solo una capital administrativa; es el corazón empresarial de España.
En este contexto regional dinámico, el marco macroeconómico ofrece señales positivas, que no son fruto de la casualidad, sino de la causalidad. En Madrid contamos con un ecosistema privilegiado desde el punto de vista fiscal, normativo y administrativo respecto al conjunto de España, además de estabilidad institucional y seguridad jurídica. Pero no podemos conformarnos. Debemos seguir trabajando juntos para consolidar un entorno empresarial ágil, predecible, atractivo y justo.
Eso implica seguir avanzando hacia una administración más eficiente, seguir combatiendo la sobrerregulación, y seguir simplificando trámites y asegurando una fiscalidad que no penalice la actividad ni la inversión, sino lo contrario.
Porque, a pesar de todo esto, nuestras empresas se enfrentan a una carga fiscal desproporcionada y a una burocracia que consume tiempo, recursos y energía; a imposiciones en regulación salarial y laboral inaceptables, como el SMI o la jornada; y a situaciones aberrantes, como un absentismo galopante.
La hiperregulación, los trámites duplicados y la complejidad normativa no solo dificultan el día a día del empresario, sino que desincentivan la inversión, frenan la competitividad y generan una enorme inseguridad jurídica. Necesitamos seguridad jurídica y un entorno aún más ágil, más previsible y más favorable para quien decide emprender, contratar, innovar o internacionalizarse.
Además, hay otras cuestiones que hacen que, sin embargo, estos datos no deban conducirnos a la complacencia. El entorno internacional sigue marcado por tensiones geopolíticas, fragmentación comercial y cambios en las cadenas de suministro. Los tipos de interés han dejado atrás la etapa del dinero barato, encareciendo la financiación y obligando a las empresas a reforzar su disciplina financiera. La transición energética, la adaptación regulatoria y la revolución tecnológica añaden capas adicionales de complejidad.
Las palancas de competitividad
En este escenario, ¿cuáles son las grandes palancas de la competitividad empresarial?
La primera es la innovación. Innovar ya no es una opción estratégica secundaria, sino una condición de supervivencia. Y no hablamos únicamente de tecnología de vanguardia. Innovar significa revisar procesos, redefinir modelos de negocio, mejorar la experiencia del cliente y construir culturas corporativas abiertas al cambio. Las empresas que no innovan pierden relevancia.
Directamente vinculada a la innovación está la digitalización. La economía digital representa ya alrededor del 26 % del PIB español, lo que equivale a más de 400.000 millones de euros de actividad económica. Madrid concentra casi una cuarta parte del empleo digital del país, consolidándose como el principal hub tecnológico nacional. Aunque el 61 % de las pymes españolas cuenta con un nivel básico de digitalización —por encima de la media europea—, el reto ahora es dar el salto hacia tecnologías avanzadas como la inteligencia artificial, el análisis de datos o la automatización inteligente.
La segunda gran palanca es la internacionalización. España es hoy una economía abierta en la que las exportaciones representan en torno al 38–40 % del PIB. Más de 55.000 empresas exportan de forma regular. Y la evidencia es clara: las empresas internacionalizadas son, de media, más productivas, más innovadoras y más resilientes ante las crisis.
La tercera es la internacionalización, que no es simplemente vender en el exterior. Es diversificar riesgos, ganar tamaño, profesionalizar la gestión y aprender de nuevos mercados. La inversión española en Iberoamérica, por ejemplo, se ha triplicado en los últimos 15 años, consolidando la presencia de nuestras empresas en sectores estratégicos como servicios, infraestructuras o tecnología. En un mundo interconectado, la mentalidad global marca la diferencia entre crecer o quedarse atrás.
La cuarta palanca es la financiación entendida en sentido amplio. No se trata únicamente de acceder a crédito, sino de invertir estratégicamente en capacidades futuras. La planificación financiera rigurosa, la diversificación de fuentes de capital y la profesionalización de la gestión son hoy condiciones indispensables para consolidar proyectos empresariales.
Las entidades financieras están hoy en la mejor posición desde la crisis de 2008, lo que les permite acompañar proyectos empresariales viables, con planes de negocio realistas, equipos directivos solventes y capacidad de reacción ante imprevistos. Esto debe servirnos de acicate. Porque si la financiación está disponible, la responsabilidad recae en las empresas: debemos presentar proyectos viables, bien fundamentados, prudentes en sus previsiones y ambiciosos en su visión.
Por último, ninguna estrategia será sostenible sin talento. El principal activo de una empresa no son sus activos físicos, sino las personas que la integran. En un entorno donde el conocimiento se actualiza con rapidez, la formación continua es esencial. Las empresas buscan competencias técnicas, pero también habilidades que no se automatizan: adaptabilidad, pensamiento crítico, liderazgo, trabajo en equipo y capacidad de aprendizaje.
El papel de las Cámaras
En este proceso de transformación, instituciones como la Cámara de Comercio de Madrid desempeñan un papel relevante. Somos una herramienta práctica al servicio de las empresas. Cada año acompañamos a decenas de miles de empresas madrileñas en su creación, consolidación, internacionalización, digitalización y acceso a financiación. Impulsamos la formación, facilitamos la conexión entre talento y empresa y ayudamos a las pymes a adaptarse a un entorno cada vez más competitivo.
Nuestro objetivo es claro: fortalecer el tejido empresarial madrileño para que sea más innovador, más internacional y más sostenible en el tiempo. Y esto incluye apoyar a los jóvenes que desean emprender o incorporarse al mercado laboral con vocación de liderazgo.
Estamos, en definitiva, ante una etapa de transformación acelerada. España crece y se digitaliza, Madrid se consolida como motor económico y nuestras empresas demuestran capacidad de adaptación. Pero el futuro no está garantizado. Dependerá de nuestra capacidad colectiva para apostar por la innovación, abrirnos al mundo e invertir en talento.
La economía necesita empresas fuertes. Las empresas necesitan talento. Y el talento, en gran medida, está en las nuevas generaciones que hoy se preparan para asumir responsabilidades. La pregunta no es si el cambio llegará, sino cómo decidiremos afrontarlo.
