81.600 millones de facturación y un crecimiento del 85% interanual. Sobre el papel, un trimestre excepcional. En la práctica, insuficiente para un mercado que había fijado el listón interno por encima de los 83.000 millones. El consenso oficial fue batido; las expectativas reales, no.
El dato que mueve el mercado está en el guidance. Los 91.000 millones proyectados para el próximo trimestre superan en 5.000 millones lo que el mercado anticipaba, y lo hacen sin contar un solo dólar de China, mercado que Nvidia valora en 50.000 millones y que este trimestre no aportó nada por las restricciones de exportación. Eso convierte a China en una palanca de crecimiento latente, no en una herida abierta.
El otro dato relevante es la composición del crecimiento. El segmento ACIE (gobiernos, empresas y soberanos demandando infraestructura de IA) creció un 31% trimestral frente al 12% de los grandes hyperscalers. Esto importa porque desarma el argumento de concentración de clientes. Nvidia ya no depende de cinco compradores, el negocio se está diversificando estructuralmente.
Con 48.000 millones de flujo de caja libre en noventa días, la discusión sobre si Nvidia es cara o barata empieza a cambiar de naturaleza. A esas cifras, el debate se traslada de valoración a visibilidad: cuánto dura esto y quién puede competirlo. Por ahora, CUDA como estándar universal del desarrollo en IA y la entrada en el mercado de CPUs con Vera Rubin sugieren que la respuesta no es sencilla para sus rivales.
El mercado lleva trimestres poniendo a Nvidia bajo el escrutinio del “wow effect” por no superar las propias expectativas récord que la irracionalidad del mercado impone, pero eso confunde el árbol con el bosque. Una empresa que genera 48.000 millones de FCF en solo 90 días, que crece sin China, que entra en mercados nuevos y cuyo CEO negocia geopolítica con los dos presidentes más poderosos del mundo, indica que no es un simple ciclo, sino que está construyendo una infraestructura que el mundo necesitará durante décadas.

