El contexto geopolítico actual, aunque aumenta el grado de incertidumbre, refuerza precisamente el valor de una exposición más amplia y menos concentrada en los mercados desarrollados, en particular en Estados Unidos, donde persisten las dudas sobre las valoraciones, la sostenibilidad fiscal y la estabilidad política. Ya en los últimos meses se ha observado un cambio en las correlaciones entre clases de activos, con un dólar menos dominante que en el pasado. De hecho, a pesar del apoyo temporal derivado de la «huida hacia la calidad», el dólar muestra signos de debilitamiento, lo que abre espacio para una revalorización de las divisas emergentes.
El fin del ciclo del dólar obliga a mirar más allá de Estados Unidos
Las asignaciones de capital a activos estadounidenses se encuentran en niveles históricamente elevados. Durante más de una década, la fortaleza del dólar actuó como un freno estructural para las economías emergentes, pero esa dinámica ha comenzado a cambiar. El billete verde lleva más de un año debilitándose frente a la mayoría de las divisas, y las métricas apuntan a valoraciones relativas de los activos estadounidenses excesivamente elevadas en comparación con el resto del mundo. Desde que se intensificó el conflicto entre Estados Unidos e Israel con Irán, observamos que en los días en que los riesgos bélicos y energéticos se moderan, el dólar tiende a ceder terreno con rapidez.
Este cambio de ciclo importa, y mucho. La apreciación de las divisas emergentes contribuye a reducir la inflación local, facilita recortes en los tipos de interés oficiales y atrae nuevos flujos de capital hacia estas economías, generando un círculo virtuoso que, una vez que se disipe la incertidumbre actual, esperamos que retome su curso. La historia ha demostrado en repetidas ocasiones que el dólar puede depreciarse de forma significativa a lo largo de un ciclo plurianual sin que ello comprometa su papel como moneda de reserva global.
Fundamentos sólidos y una posición técnica favorable
Los fundamentos de las economías emergentes llevan tres años mejorando de forma sostenida, como evidencia la preponderancia de revisiones al alza en las calificaciones crediticias. Antes del estallido del conflicto, la inflación estaba contenida, los tipos reales eran firmemente positivos y las condiciones financieras se encontraban en proceso de relajación. En este contexto, creemos que el impacto energético derivado de la guerra, que debería ser transitorio, puede absorberse sin necesidad de ajustes drásticos en la política monetaria, permitiendo que las tendencias favorables retomen su vigor una vez que se estabilice la situación.
Desde una perspectiva técnica, la deuda emergente no era una apuesta concurrida antes de este episodio de riesgo. El posicionamiento global en renta fija sigue inclinado claramente hacia los mercados desarrollados, lo que implica que incluso una modesta reasignación de carteras podría traducirse en un apoyo considerable para la clase de activo. Los flujos hacia la deuda emergente habían comenzado a recuperarse tímidamente tras la mayor salida neta registrada en tres años consecutivos, lo que nos lleva a pensar que hay amplio margen para que los inversores retomen sus posiciones en los próximos meses, incluso si los flujos se pausan en el corto plazo.
Un universo más amplio y más sólido de lo que se percibe
Uno de los mayores errores que cometen los inversores es tratar la deuda emergente como un bloque homogéneo. Se trata, en realidad, de países distintos con un universo de oportunidades en constante expansión. Para quienes prefieren permanecer en moneda fuerte, las estrategias soberanas en dólares o euros ofrecen acceso a bonos emitidos por gobiernos de cerca de 80 países diferentes. Para quienes prefieren el crédito corporativo, los fondos especializados invierten en más de 700 emisores de más de 60 naciones, en todos los sectores globales. Y para aquellos inversores que buscan exposición fuera del dólar o el euro, las estrategias en moneda local ofrecen una atractiva generación de rentas a través de aproximadamente 30 divisas distintas.
Tampoco conviene confundir la deuda emergente con sinónimo de baja calidad crediticia. La calidad media de los índices de referencia de este segmento supera actualmente a la del alto rendimiento estadounidense, un dato que merece ser subrayado en el debate sobre asignación de activos.
Treinta años de madurez al servicio del inversor
La deuda emergente lleva más de tres décadas funcionando como clase de activo y ha alcanzado una madurez que a menudo se subestima. Los emisores son hoy más transparentes y comunicativos, la calidad de la información ha mejorado sustancialmente y la base inversora es predominantemente institucional, experimentada y sofisticada. Los inversores locales, entre ellos bancos, fondos de pensiones, aseguradoras y gestoras de fondos, desempeñan un papel creciente a medida que los gobiernos diversifican su financiación hacia los mercados domésticos. Todo ello contribuye a un entorno de negociación más profundo y eficiente.
La generación de rentas es, y seguirá siendo, el motor fundamental de la rentabilidad a largo plazo en esta clase de activo. Aprovechar las ventanas de compra en momentos de tensión ha demostrado ser, a lo largo de la historia de la deuda emergente, una estrategia consistentemente ganadora.
En un entorno global en el que los inversores buscan fuentes de ingreso duraderas y genuinamente diversificadas, creemos que la deuda emergente está bien posicionada para responder a esa demanda, ofreciendo una combinación difícilmente replicable de rentas, diversificación y liquidez. Tenemos plena confianza en que seguirá siendo una asignación estratégica de valor en las carteras institucionales durante los próximos años.
