Así lo expone en el último Cuadernos de Información Económica, publicación editada por Funcas, que aborda la irrupción de la IA considerándola, además de una herramienta tecnológica, un factor de reorganización del poder económico, de transformación del empleo y de reconfiguración del orden monetario internacional.
Münchau recuerda que la IA destaca en reconocimiento probabilístico de patrones y razonamiento lógico, pero carece de creatividad genuina o capacidad para formular preguntas originales. Por ello, considera exageradas muchas predicciones sobre una sustitución masiva e inmediata del trabajo humano. Aunque la IA ya está reemplazando ciertas tareas de cuello blanco, su impacto será gradual, desigual y dependerá de cómo las empresas y los países adopten la tecnología. Estados Unidos lleva ventaja frente a Europa, donde regulaciones, estructuras empresariales rígidas y modelos de gestión obsoletos frenan la innovación. La IA destruirá empleos, pero también creará nuevos sectores y transformará las competencias demandadas. El verdadero riesgo no es un colapso económico inmediato, sino la disrupción social y política derivada de esta transición tecnológica.
• La IA reconoce patrones e imita, pero no formula preguntas: pensar en una sustitución masiva del empleo de oficina es prematuro
• La brecha con Estados Unidos no es solo tecnológica, sino que la rigidez de la gestión empresarial y la protección del empleo explican que las ganancias de productividad lleguen más tarde a Europa
• La adopción de la IA en la UE sigue el patrón habitual de difusión tecnológica: empieza antes en las economías más ricas, con más I+D y más digitalización previa
• España, coherente con su nivel de partida, queda en una posición intermedia con una tasa de adopción empresarial del 20,3% en 2025, con Madrid, Cataluña y País Vasco a la cabeza
• Los acuerdos comerciales que la UE viene firmando desde el año 2000 han tenido un impacto más visible en las exportaciones españolas de bienes que en las del resto de grandes economías europeas
Vicente Salas explica que la IA sigue patrones muy similares a los observados en revoluciones tecnológicas anteriores: empieza antes y es más rápida en países con mayor nivel de desarrollo económico y posteriormente se difunde en el resto con menor nivel de renta. Ocurre lo mismo con las grandes empresas y las de menor tamaño.
El artículo analiza las diferencias de adopción de la IA entre empresas en los países y regiones de la Unión Europea (UE) y advierte de que no es solo una oportunidad de productividad, sino también un potencial amplificador de divergencias económicas. La adopción de la IA en la UE ha crecido con rapidez en los últimos años, pero en el conjunto de la UE va por detrás de Estados Unidos y es heterogénea entre países y regiones. En el grupo de mayor adopción destacan Dinamarca, Finlandia y Suecia, con tasas superiores al 35%. En el extremo opuesto, países del sur y del este de Europa -como Rumanía, Polonia, Bulgaria o Grecia-, con niveles de adopción inferiores al 10%. España se sitúa en una posición intermedia en adopción empresarial, con una tasa del 20,3% en 2025, en línea con la media europea. Dentro de España, también se observa una notable heterogeneidad. Madrid es con diferencia la comunidad con tasas de adopción más altas. Por encima de la media nacional le siguen Cataluña y País Vasco, mientras que otras regiones -especialmente Ceuta y Melilla, pero también Baleares y Cantabria- se sitúan muy por debajo.
La diferencia en propensión a adoptar entre regiones ricas y pobres aumenta cuando las diferencias en riqueza responden a diferencias en conocimiento científico-técnico y experiencia en digitalización entre regiones, además de en diferencias en calidad institucional, apertura exterior y calidad de gestión. En el caso de España, el menor esfuerzo medio en I+D, el retraso relativo en digitalización y la alta dispersión en recursos entre comunidades autónomas, lastran la adopción de la IA entre las empresas.
Miguel Ángel Gonzalez Simón y Rocío Arroryo explican cómo los acuerdos comerciales que la UE viene firmando desde el año 2000 han tenido un impacto más visible en las exportaciones españolas de bienes que en las del resto de grandes economías europeas. España destina ya el 37% de su PIB a ventas al exterior, mantiene superávit comercial con los socios con acuerdo y arrastra un déficit creciente con los que no lo tienen. La diferencia frente al resto de la UE tiene una explicación geográfica reconocible: España exporta mucho más que sus socios europeos a antiguas colonias y a países que comparten el español, como México, Chile o Argelia, mientras que Alemania o Francia tienen una presencia mayor en mercados lejanos sin esos vínculos.
Raymond Torres, María Jesús Fernández y Fernando Gómez analizan cómo la escalada geopolítica en el golfo Pérsico afecta a la economía española por el encarecimiento de la energía, las disrupciones logísticas y la mayor incertidumbre global. Aunque el shock es relevante, su intensidad es por ahora inferior a la experimentada tras la invasión de Ucrania, y la economía española mantiene una capacidad de crecimiento apoyada en factores internos como el empleo, el turismo y los fondos europeos. El trabajo advierte de que una prolongación del conflicto o un bloqueo persistente del estrecho de Ormuz alterarían las perspectivas económicas europeas de forma muy significativa. También plantea una reflexión de fondo sobre la vulnerabilidad de las economías abiertas ante shocks geopolíticos sucesivos y la importancia de preservar márgenes fiscales suficientes en un entorno cada vez más inestable.
Pedro Cuadros y Nuria Suárez examinan cómo las tensiones geopolíticas afectan a la valoración del sector bancario y hasta qué punto la internacionalización actúa como mecanismo de mitigación del riesgo. En un contexto caracterizado por conflictos armados, tensiones comerciales, sanciones económicas y un aumento de la incertidumbre global, los bancos se ven afectados tanto a través del deterioro de las expectativas macroeconómicas como del endurecimiento de las condiciones financieras y del aumento de las primas de riesgo. Frente a esta vulnerabilidad, el artículo destaca un rasgo diferencial de la banca española: su elevada diversificación geográfica, que contribuye a amortiguar impactos.
