Más que la magnitud de la brecha, lo relevante es cuándo se abrió. A mediados de agosto ambos índices avanzaban prácticamente a la par. Septiembre rompió ese equilibrio. El índice general se mantuvo cerca de máximos, mientras el resto de la bolsa caía sin hacer ruido. El S&P 500 sin IA perdió más de seis puntos en un solo mes. Al cierre del trimestre, el 52% de las compañías del índice cotizaba por debajo de su media de 200 sesiones. Consumo, utilities e industria acusaron el alza de la energía y de los tipos de interés. Solo la tecnología y el propio sector energético resistieron.
Incluso los líderes empiezan a dar señales de debilidad. Oracle acumula una caída del 44% en el trimestre y sus CDS, que reflejan el coste de asegurarse frente a un impago, han repuntado con fuerza. Las emisiones de deuda de los hiperescaladores en lo que va de año equivalen a cerca del 70% del déficit público estadounidense y los competidores chinos ofrecen modelos eficientes a una fracción del coste. El mercado ha dejado de premiar la inversión a cualquier precio y penaliza con rapidez cualquier decepción.
Un mercado que se apoya en un único pilar puede llegar muy alto, pero rara vez descansa sobre bases sólidas. La cuestión ya no es si la inteligencia artificial transformará la economía, sino durante cuánto tiempo podría aguantar así.
