La explicación oficial apunta a un viaje del Rey a Finlandia coincidente con las fechas del encuentro. Sin embargo, la imposibilidad de compatibilizar ambas agendas ha generado sorpresa en el mundo empresarial, donde la presencia del jefe del Estado se consideraba casi un elemento fijo del principal foro anual de la empresa familiar española.
Políticamente, el asunto tiene una lectura incómoda para Moncloa. Aunque no existen pruebas de un choque directo entre Sánchez y Felipe VI en este caso concreto, la imagen que se proyecta es la de una sustitución simbólica: donde tradicionalmente acudía el Rey estará ahora el presidente del Gobierno. Y eso ocurre precisamente en un foro donde la figura de Felipe VI goza de una valoración especialmente alta debido a su histórica cercanía con la empresa familiar.
El problema para Sánchez no es institucional, sino de percepción. Durante los últimos años ha acumulado episodios que han alimentado el relato de una relación fría con determinados contrapoderes del Estado: la judicatura, parte del empresariado, algunos medios de comunicación e incluso sectores que ven en la Corona un factor de estabilidad institucional. En ese contexto, cualquier decisión que afecte a la agenda del Rey se interpreta inmediatamente en clave política.
Además, la comparación tampoco favorece al presidente. Mientras Felipe VI ha mantenido una presencia constante en este foro económico, la relación de Sánchez con el Instituto de la Empresa Familiar ha sido intermitente y marcada por fases de distanciamiento. Por ello, más que una oportunidad para el Gobierno, el evento puede convertirse en un escaparate de una ausencia que muchos de los asistentes considerarán más relevante que la propia presencia del jefe del Ejecutivo.
En definitiva, el verdadero «choque» no está demostrado entre Sánchez y Felipe VI, pero sí existe un problema político para el presidente: cada vez que se produce un episodio como este, se refuerza la percepción de una creciente distancia entre La Moncloa y algunos de los principales símbolos institucionales y económicos del país. Y en política, a menudo las percepciones terminan teniendo tanto peso como los hechos.
A todo ello hay que añadir la reacción del sector empresarial que parece haber sido de sorpresa, extrañeza y cierto malestar, más que de confrontación abierta.
Hay varios elementos que explican esa percepción:
• La ausencia de Felipe VI rompe una tradición inédita en casi tres décadas de Congreso Nacional de la Empresa Familiar. El Rey había mantenido una presencia constante y muy valorada por los empresarios. Su no asistencia se percibe como una excepción difícil de ignorar.
• El «descontento y la extrañeza» aumentaron cuando se confirmó internamente que el jefe del Estado no acudiría al encuentro, considerado por muchos empresarios como el principal foro anual de la empresa familiar española.
• La figura de Felipe VI mantiene una relación especialmente estrecha con este colectivo. Discursos como el pronunciado en Burgos en 2025, cuando afirmó que «España os necesita» y definió a los empresarios familiares como un «pilar fundamental de la economía española», reforzaron ese vínculo emocional e institucional.
• En contraste, la relación de Pedro Sánchez con el Instituto de la Empresa Familiar ha estado marcada por altibajos y una asistencia irregular a sus actos. Esa falta de continuidad hace que, para una parte del empresariado, la presencia del presidente no compense simbólicamente la ausencia del Rey.
Desde una lectura mas politica, el problema para Sánchez no parece ser tanto una rebelión empresarial como una cuestión de capital simbólico. El Rey es percibido por buena parte de la empresa familiar como una figura de estabilidad, neutralidad institucional y cercanía permanente. Cuando desaparece de un escenario donde siempre había estado presente, la atención se desplaza inevitablemente hacia su ausencia. Y eso deja a Sánchez en una posición incómoda: acude al congreso, pero el comentario dominante puede terminar siendo quién no está, más que quién inaugura el acto.
En definitiva, la reacción predominante entre los empresarios no es de hostilidad empresarial hacia el Gobierno, sino de decepción y desconcierto por la ausencia de Felipe VI en una cita que muchos empresarios consideran ya parte de la tradición institucional española.

