La última embestida de Trump, que en la cumbre de la OTAN en Ankara calificó a España de «causa perdida» y reiteró la orden a su secretario del Tesoro de cortar todo el comercio con el país, se suma a una desinversión de empresas estadounidenses de cerca de 7.800 millones de euros desde su llegada al gobierno. Es una señal clara de que el capital exige ya una prima de riesgo mayor para apostar por España, en un contexto de tensiones geopolíticas y de relaciones bilaterales cada vez más deterioradas. El dinero, cuando es global como lo es hoy, busca siempre los entornos más estables y predecibles.
Conviene, no obstante, huir del alarmismo. España y Estados Unidos mantienen una relación económica de enorme calado, con miles de millones de euros en comercio e inversión cruzada, y cualquier medida unilateral choca con límites jurídicos claros derivados del marco comercial entre Bruselas y Washington. La propia Comisión Europea ha recordado que la política comercial no se negocia país a país sino a escala comunitaria, lo que reduce el margen real de Trump para materializar sus amenazas. Lo más probable, por tanto, es que veamos una negociación dura, ligada sobre todo al gasto en defensa dentro de la OTAN, antes que una ruptura efectiva de los flujos comerciales.
Cada episodio de este tipo eleva la volatilidad, obliga a revisar las cadenas de suministro y refuerza la necesidad de diversificar geográficamente las carteras. Al final los mercados funcionan como un juego de expectativas, y cuando la política siembra incertidumbre, el capital exige más rentabilidad para asumir ese riesgo.

