El debate sobre qué mide mejor la inflación en Estados Unidos ha vuelto a ganar protagonismo. El nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, parece inclinarse por otorgar más peso al Trimmed Mean PCE en detrimento del tradicional Core PCE, el indicador de referencia hasta ahora. La distinción no es menor. Mientras el Core PCE excluye alimentos y energía de forma sistemática, el Trimmed Mean descarta los componentes con variaciones de precios más extremas, con independencia de su categoría. Un enfoque más quirúrgico, en teoría.
Sus defensores argumentan que esta metodología proporciona una lectura más estable de la inflación subyacente, filtra el ruido generado por shocks temporales y permite una política monetaria más precisa. Algunos estudios apuntan, además, a que el Trimmed Mean anticipa mejor la evolución futura de los precios. El contraargumento, sin embargo, merece atención. Una medida excesivamente depurada puede silenciar señales relevantes. Los episodios inflacionistas suelen gestarse en sectores concretos antes de propagarse al conjunto de la economía, y eliminar esos movimientos extremos podría retrasar la respuesta del banco central en momentos críticos.
Lo que añade tensión al debate es el contexto. Ambas métricas han evolucionado históricamente de forma muy similar, con divergencias significativas solo en momentos excepcionales, como el episodio inflacionista de 2021-2022. Esa divergencia vuelve a aparecer de forma incipiente en 2026, y lo hace precisamente cuando la independencia de la Reserva Federal está sometida a presión política. En ese escenario, esta discusión adquiere una relevancia especial. Podría interpretarse como una señal más favorable a mantener o incluso reducir los tipos de interés, en línea con las preferencias expresadas por la actual Administración americana. La pregunta que debe plantearse el inversor es, en definitiva, si estamos ante un intento de mejorar la medición de la inflación o de cambiar el termómetro porque no gusta la temperatura que marca.
