Las caídas de los últimos meses no marcaron el fin del ciclo del oro. En contextos de estrés, los inversores venden los activos con mayores plusvalías para generar liquidez, y el oro, tras un fuerte rally previo, se convirtió en una de las principales fuentes de caja. El patrón ya se vio en 2008 y durante el COVID, y se ha repetido en el primer semestre con la misma lógica. A ello se sumó el desplazamiento de flujos hacia la energía. Las tensiones en el estrecho de Ormuz han impulsado el precio del petróleo y reavivado el riesgo inflacionista, atrayendo capital hacia los activos vinculados al crudo en detrimento del oro. La corrección ha limpiado el mercado de excesos, pero las razones por las que los grandes fondos y los bancos centrales siguen comprando, lejos de desaparecer, se han intensificado.
El oro no paga dividendo ni genera flujo de caja, pero protege cuando el sistema falla. Muchos bancos centrales llevan años diversificando reservas y acumulando oro en silencio, un activo sin riesgo de contraparte que gana atractivo justo cuando la confianza en la deuda soberana empieza a fisurarse. Mientras Occidente debate sobre inteligencia artificial y múltiplos bursátiles, el dinero institucional toma posiciones en el metal. El oro no sube por modas, sube porque cubre lo que el sistema deja de garantizar cuando acumula riesgos estructurales. Y esos riesgos siguen ahí.
