Después de presentar el traslado de más de un millar de inmigrantes como una medida eficaz para desmantelar el mayor asentamiento improvisado de Ceuta, apenas unas horas bastaron para que cientos de personas regresaran al mismo lugar y obligaran a suspender el operativo de limpieza.
Lo más preocupante no es solo el regreso de los inmigrantes, sino la sensación de falta de previsión que transmite la actuación de las administraciones. Si el objetivo era recuperar definitivamente el espacio y evitar nuevas ocupaciones, resulta difícil entender que no existiera un dispositivo capaz de garantizar el éxito de la operación más allá de unas pocas horas.
La imagen proyectada es la de un Gobierno que actúa a remolque de los acontecimientos. Se anuncian soluciones, se organizan traslados y se exhiben dispositivos de emergencia, pero la realidad demuestra que el problema sigue intacto. La playa se vacía por la mañana y vuelve a llenarse por la tarde. Pocas metáforas describen mejor una gestión que parece más centrada en resolver el titular del día que en afrontar el fondo de la crisis.
El episodio también alimenta la percepción de que la política migratoria carece de una estrategia clara. Cuando una administración moviliza recursos, agentes y espacios de acogida para desalojar un asentamiento y este se recompone en cuestión de horas, la autoridad institucional queda inevitablemente cuestionada.
En política hay imágenes que valen más que cualquier discurso. Y la de centenares de inmigrantes regresando al mismo enclave del que habían sido trasladados horas antes transmite una idea demoledora: el Gobierno no controla la situación, sino que corre detrás de ella.
