Porque en ocasiones la política se mide en decisiones concretas, pero la Jefatura del Estado se evalúa también por los gestos que transmite.
Resulta inevitable que muchos ciudadanos se pregunten por qué Felipe VI, que ha demostrado en otras ocasiones una notable disposición a estar presente en escenarios complejos y tensos, no ha viajado a Ceuta tras unos acontecimientos que pusieron a prueba la capacidad de respuesta del Estado y cuestionaron la integridad de sus fronteras. La imagen de un monarca visitando la ciudad habría sido interpretada como un mensaje inequívoco de respaldo a una parte de España que, por su singular situación geográfica, suele sentirse especialmente expuesta.
Sin embargo, conviene recordar que el Rey no actúa por iniciativa propia en este tipo de desplazamientos. En una monarquía parlamentaria, sus movimientos institucionales requieren el acuerdo y el respaldo del Gobierno. Por ello, la ausencia de Felipe VI no puede analizarse únicamente como una decisión de la Corona, sino como una consecuencia de la estrategia política del Ejecutivo, que aparentemente no consideró conveniente ese viaje.
Eso no significa que el jefe del Estado haya permanecido ajeno a la situación. Sus contactos con las autoridades ceutíes y los mensajes transmitidos en las horas posteriores a la crisis evidencian preocupación y seguimiento. Pero en política, y especialmente en cuestiones de Estado, la presencia física posee una fuerza que ningún comunicado puede sustituir.
La polémica, por tanto, no gira tanto en torno a si el Rey estaba o no comprometido con Ceuta, sino sobre la conveniencia de haber convertido ese compromiso en una imagen visible. Una imagen que, para muchos, habría servido para reforzar la idea de que Ceuta y Melilla forman parte inseparable de España y merecen el mismo nivel de atención
