El avance del 0,7% trimestral, una décima superior al registrado entre enero y marzo, supera las expectativas y permite mantener un discurso optimista. Sin embargo, una lectura más detallada de las cifras publicadas por el INE invita a la cautela.
La realidad es que la economía no acelera en términos interanuales. El crecimiento se mantiene en el 2,6%, el mismo ritmo que en el primer trimestre tras la revisión a la baja del dato previamente estimado. Es decir, aunque la actividad gana algo de impulso respecto a los tres meses anteriores, España no está creciendo más deprisa que hace un año.
Más preocupante resulta la aportación negativa del sector exterior. Mientras la demanda nacional continúa sosteniendo la expansión económica, la demanda externa resta crecimiento tanto en términos trimestrales como interanuales. El fuerte avance de las importaciones frente a unas exportaciones mucho más moderadas refleja una balanza comercial menos favorable y pone de manifiesto una pérdida de tracción en uno de los motores que más contribuyó al crecimiento en los últimos años.
El consumo de los hogares y la inversión continúan siendo los principales pilares de la economía. Son buenas noticias, especialmente en un contexto internacional marcado por la incertidumbre. No obstante, basar el crecimiento casi exclusivamente en la demanda interna tiene límites evidentes si no va acompañado de una mejora de la competitividad y de una mayor capacidad exportadora.
En definitiva, los datos del INE confirman que la economía española sigue creciendo a un ritmo sólido, pero también que lo hace apoyada en bases menos equilibradas de lo que sugiere el titular del 0,7%. Hay motivos para el optimismo, aunque no para la complacencia. El verdadero desafío será demostrar que este crecimiento puede mantenerse cuando el empuje del consumo se modere y el sector exterior vuelva a ser un aliado, en lugar de un lastre.

