¿Media Europa? Sí. Los mercados financieros, desde luego, no. Y esta semana lo demuestran con una crudeza casi cómica. Esta tarde se publica la inflación estadounidense de julio. Mañana conoceremos el dato definitivo del IPC español. Y el viernes cerrará la semana el PIB de la eurozona. Tres datos macroeconómicos encadenados en pleno agosto, mientras las bolsas europeas coquetean con máximos históricos y el Ibex se mueve por encima de los 20.000 puntos.
Después de una temporada en la que hemos tenido de todo, desde geopolítica, petróleo e inflación hasta inteligencia artificial, deuda pública y, por supuesto, Donald Trump haciendo de Donald Trump, llegamos a agosto con una sensación curiosamente veraniega. Los deberes importantes parecen aprobados, pero todavía quedan varias recuperaciones en septiembre.
Empecemos por la asignatura aprobada. Las presentaciones de resultados han vuelto a ejercer de socorrista de las bolsas. Tanto en la vieja Europa como en la tierra de las oportunidades, las compañías han demostrado que, más allá del ruido geopolítico, las amenazas comerciales y los titulares apocalípticos, las empresas siguen haciendo lo que tienen que hacer, es decir, vender, generar beneficios y defender márgenes. Y esto importa, porque podemos hablar durante horas de expectativas, narrativas y promesas futuras, pero al final llega un señor llamado beneficio empresarial y pregunta cuánto hemos ganado. De momento, la respuesta ha sido suficientemente satisfactoria como para mantener a las bolsas flotando tranquilamente sobre su colchoneta. Pero que haya socorrista no significa que podamos tirarnos de cabeza desde cualquier sitio.
Ahí es donde entra el gran protagonista de este final de verano, el petróleo. Sube, baja, vuelve a subir, amenaza con dispararse, respira y vuelta a empezar. Una montaña rusa que sería divertida si no fuera porque el precio de la energía termina apareciendo en prácticamente todas las facturas de la economía. El estrecho de Ormuz, por donde circula en torno al 20% del crudo que se transporta por mar, sigue cerrado desde mediados de julio, las negociaciones continúan encalladas y el Brent ronda los 90 dólares. El gas europeo se ha contagiado del movimiento. La cadena resulta tan sencilla como inquietante. Petróleo más caro implica más costes, más costes implican más inflación y más inflación implica menos margen para bajar tipos.
Y por eso el dato de esta tarde no es un trámite estival. El consenso espera que la inflación estadounidense modere una décima, hasta el 3,4%, con la subyacente en el 2,5%. Pero conviene entender lo que realmente se juega. El mercado ya no discute cuándo bajará tipos la Reserva Federal, sino si tendrá que volver a subirlos. Hace apenas una semana los futuros asignaban un 67% de probabilidad a una subida en septiembre. Después de que el informe de empleo de julio arrojara una destrucción de 23.000 puestos de trabajo cuando se esperaba la creación de 80.000, esa probabilidad ha caído al 50%. Dicho de otro modo, la Fed está hoy a cara o cruz y el dato de esta tarde es la moneda. Mañana, el IPC español confirmará previsiblemente ese 3,5% de julio que adelantó el INE, con la subyacente en el 3%, empujado un mes más por carburantes y electricidad. Y el viernes, la confirmación del PIB europeo del segundo trimestre recordará que la eurozona crece a un ritmo razonable, un 0,4% trimestral, con España a la cabeza con un 0,7%. Crecimiento aceptable con una inflación que no termina de rendirse. Ese es exactamente el cóctel que obliga a los bancos centrales a no correr. Del 27 al 29 de agosto se reúnen en Jackson Hole, en un simposio dedicado este año a la innovación financiera. Mientras unos miraremos el mar, ellos estarán mirando el petróleo.
Hay otro invitado a esta fiesta del que se habla bastante menos de lo que deberíamos, el endeudamiento internacional. Estados, empresas y economías desarrolladas llevan años acumulando deuda como quien reserva hamacas en primera línea de playa, con esa lógica del carro grande, ande o no ande. Durante años, con tipos cercanos a cero, financiar eso era relativamente sencillo. Cuando los tipos permanecen elevados y refinanciar cuesta más, la película cambia. Por eso sigo pensando que debemos tener mucho cuidado con esa idea tan española de «me voy a renta fija porque quiero estar tranquilo». ¿Tranquilo? Depende de qué renta fija. Duraciones largas, emisores altamente endeudados y rentabilidades que no compensen adecuadamente el riesgo pueden convertir aquello que compramos buscando estabilidad en una fuente adicional de volatilidad. La renta fija tiene riesgo de crédito, duración, inflación y tipos de interés. Que ponga bono en la etiqueta no significa que venga con flotador.
Mientras tanto, con las gafas de sol puestas, sigo mirando de reojo al gran fenómeno financiero de nuestro tiempo, la inteligencia artificial. No porque dude de que vaya a transformar la economía. La cuestión es otra. ¿Cuánto dinero habrá que invertir para hacerlo? Las grandes tecnológicas están entrando en una carrera de CAPEX monumental, con centros de datos, chips, energía e infraestructura, y llegará un momento en el que el mercado dejará de preguntar cuánto estás invirtiendo en inteligencia artificial para empezar a preguntar cuánto dinero estás ganando con todo lo que has invertido. Ahí estará la verdadera prueba del algodón, en los resultados, en las guías empresariales y en el retorno sobre el capital invertido. Vigilo especialmente las futuras salidas a bolsa de las grandes compañías vinculadas a la inteligencia artificial, porque una cosa es valorar empresas en rondas privadas y otra muy diferente ponerlas delante del mercado todos los días.
Y, naturalmente, faltaba nuestro personaje imprescindible. Trump ya tiene encima de la mesa otro gráfico que probablemente le preocupa tanto como el S&P 500, el de las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre. Y ese gráfico ha empezado a moverse. Una encuesta de Reuters/Ipsos publicada a principios de este mes mostraba que, por primera vez en casi una década, los votantes estadounidenses confían más en los demócratas que en los republicanos para gestionar la economía, un 37% frente a un 36%. La diferencia es mínima, pero el cambio de tendencia no lo es. Cuando la pregunta se centra en el coste de la vida, la distancia se amplía hasta el 35% frente al 27%, y en intención de voto al Congreso los demócratas aventajan a los republicanos por 42% a 37%. Perder capacidad de control sobre el Congreso significa más dificultades para aprobar determinadas políticas fiscales y presupuestarias. Sospecho que perder margen político no figura entre sus planes favoritos para terminar el verano.
Así que, ¿nos tomamos agosto libre? Podemos. Pero dejando un ojo abierto. Porque tenemos unos resultados empresariales que de momento hacen de socorrista, un petróleo jugando en la montaña rusa, unos bancos centrales calculando cuánto pueden moverse sin despertar otra vez a la inflación, una deuda mundial que cada vez pesa más, una inteligencia artificial que deberá demostrar que detrás del CAPEX existe retorno y unas elecciones capaces de cambiar el equilibrio político de Washington. No está mal para un mes en el que supuestamente no pasa nada.
Los mercados pueden ponerse las chanclas. Los inversores también. Pero recuerden una cosa. Estar de vacaciones no significa mandar también de vacaciones a la gestión del riesgo. Disfruten del verano. Y si esta tarde, el mercado decide pegarse otro chapuzón de volatilidad, que la última peseta la gane otro.”
