Resulta legítimo preguntarse qué lleva al presidente español a mantener una distancia tan marcada con el líder estadounidense cuando la diplomacia aconseja preservar los canales de diálogo, incluso entre gobiernos con profundas discrepancias.
Sánchez justifica su posición en diferencias políticas y estratégicas, pero su rechazo a un encuentro de este nivel transmite la sensación de que el coste interno pesa más que los intereses exteriores. En política internacional, la ausencia rara vez es neutral: también envía mensajes.
Nadie está obligado a compartir las ideas de Trump, pero un jefe de Gobierno debe saber distinguir entre la confrontación ideológica y la necesidad de interlocución. España no puede permitirse relaciones frías con la principal potencia occidental por cálculos partidistas o electorales.
Quizá Sánchez no tema a Trump en sí, sino a la imagen que proyectaría una fotografía con él. Si esa es la razón, sería un error. La política exterior debe guiarse por los intereses del Estado y no por el impacto de una instantánea. Porque, de lo contrario, resulta difícil encontrar una explicación convincente a un desaire diplomático de esta magnitud.
De cualquier forma esta decisión Sánchez de rechazar la invitación de Donald Trump a un acto de alto nivel en Nueva York plantea una pregunta incómoda: ¿qué gana España con esa ausencia? La explicación oficial alude a cuestiones de agenda, pero el gesto tiene una evidente dimensión política y resulta difícil separarlo del contexto de creciente tensión entre ambos dirigentes.
La diplomacia se basa, precisamente, en hablar con quienes no piensan igual. A lo largo de la historia, numerosos líderes han mantenido reuniones con adversarios ideológicos porque entendían que los intereses nacionales están por encima de las afinidades personales. Por eso, cuando un jefe de Gobierno declina una invitación de la principal potencia aliada, la decisión trasciende el terreno protocolario y adquiere un significado político.
No parece razonable sostener que Sánchez tema personalmente a Trump. Sin embargo, sí cabe preguntarse si teme las consecuencias políticas de aparecer junto a él. En una España polarizada, una fotografía con el presidente estadounidense podría tener un coste entre parte de su electorado y proporcionar munición a sus adversarios. Si esa es la razón, estaríamos ante una decisión guiada más por la política doméstica que por la política exterior.
La paradoja es evidente. El propio Sánchez acudió en el pasado a recepciones organizadas por Trump y también participó en encuentros similares bajo la presidencia de Joe Biden. Lo novedoso no es el protocolo, sino el contexto político que rodea ahora al mandatario estadounidense.
Un Gobierno puede discrepar de Washington, criticar sus políticas o defender posiciones opuestas. Lo que resulta más difícil de justificar es la renuncia al diálogo. Entre aliados, las diferencias se gestionan en la mesa de negociación, no mediante sillas vacías.
Al final, la cuestión no es si Sánchez teme a Trump. La verdadera incógnita es si teme más el impacto electoral de reunirse con él que el coste diplomático de no hacerlo. Y esa es una duda legítima que su ausencia contribuye a alimentar.

