Y es que don Pedro cruzó el Atlántico con la intención de hablar de inteligencia artificial en Harvard y acabó enfrentándose a esa otra tecnología que tantos problemas genera a los políticos: la memoria.
Porque resulta que los estudiantes de una de las universidades más prestigiosas del mundo no se habían leído el argumentario de Moncloa.
La escena tuvo algo de inevitable. Mientras el presidente exponía su visión sobre el futuro digital, un alumno decidió aterrizar el debate en un asunto bastante más terrenal: las investigaciones y escándalos que desde hace meses rodean al PSOE y al entorno más próximo del jefe del Ejecutivo. El auditorio esperaba hablar de algoritmos y acabó hablando de corrupción. Cosas del directo.
Lo más llamativo no fue la pregunta, formulada además con una corrección difícilmente cuestionable.
Lo realmente revelador fue la respuesta. Sánchez volvió a refugiarse en un esquema ya conocido: reconocer algunos problemas, denunciar una supuesta campaña de la oposición y presentarse como víctima de la «política sucia». Una explicación que puede funcionar en un mitin de partido, pero que chirría un poco más cuando se pronuncia ante un auditorio internacional que, en teoría, no vota en España.
Harvard se convirtió así en un espejo incómodo. Porque el problema para Sánchez ya no es únicamente la oposición, ni los medios críticos, ni los jueces, ni las asociaciones que denuncia habitualmente. El problema es que las preguntas han empezado a aparecer en lugares donde no esperaba encontrarlas. Y eso suele ser una mala señal para cualquier gobernante.
Durante años, el presidente ha intentado proyectar una imagen de líder internacional, moderno y respetado en los grandes foros académicos y económicos. Sin embargo, la realidad tiene una desagradable costumbre: viaja en el mismo avión que los dirigentes. Por mucho que se pretenda hablar de innovación, transición digital o gobernanza global, las polémicas domésticas terminan sentándose en primera fila.
Quizá la principal conclusión del episodio sea que la corrupción, o incluso la mera sospecha de ella, se ha convertido en la sombra de este Gobierno. Una sombra que ya no sólo aparece en el Congreso o en las tertulias españolas, sino también en las aulas de Harvard. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser de comunicación para convertirse en un problema de credibilidad.
Porque hay preguntas que un político puede esquivar. Lo que resulta bastante más complicado es evitar que le persigan hasta Massachusetts.

