Frente a la comodidad de culpar a otros, propone una salida exigente pero realista: una ciudadanía mejor informada, más responsable y menos crédula ante promesas mágicas. En definitiva, más responsable.
En un momento en que el debate público tiende a señalar culpables externos —políticos, élites o instituciones—, Arruñada parte de una tesis incómoda: si nuestras instituciones no funcionan es, en buena medida, porque responden a nuestras propias preferencias mal informadas, contradictorias e incoherentes. Sin buscar culpables fáciles ni denuncia moral, el autor trata de defender su tesis, según la cual, nuestras decisiones colectivas —como votantes, ciudadanos y consumidores— alimentan un sistema que luego criticamos. Es decir, según esta tesis la culpa dela corrupción que nos inunda no es de los políticos , sino de los ciudadanos que son los que los eligen y los mantienen en el poder.
Y es que el ensayo de Arruñada trata de que una vez por toda ,los ciudadanos sean capaces de auto responderse a una sencilla pregunta ¿Y si el principal problema de España no fueran los políticos sino los ciudadanos?
Benito Arruñada es catedrático de Organización de Empresas de la Universidad Pompeu Fabra, profesor de la Barcelona School of Economics e investigador asociado de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (FEDEA). Fue profesor titular y catedrático en las universidades de Oviedo y León, y John M. Olin Visiting Scholar in Law and Economics en la Escuela de Derecho de Harvard.
En su introducción el autor señala que, “es habitual que se atribuyan los problemas sociales, desde la corrupción al desempleo o al derroche del presupuesto público, a los políticos y las élites. Este libro defiende que esa atribución es simplista. Muchos problemas sociales derivan menos de la incompetencia o el egoísmo de unos pocos que de la interacción entre preferencias ciudadanas y decisiones políticas. Además, atribuir una responsabilidad excesiva a las élites conduce a buscar soluciones equivocadas que, lejos de resolver los problemas, suelen agravarlos.
Para ir más allá de ese señalamiento fácil, basta con reconocer que buena parte del problema no reside tanto en los políticos o en las instituciones con las que los elegimos, sino en la racional ignorancia y el propio interés de los ciudadanos. Más exactamente: no solo fallan las instituciones encargadas de transmitir las preferencias de la ciudadanía, sino también aquellas destinadas a conformarlas, darles coherencia y hacer visibles las consecuencias de su puesta en práctica. De hecho, según revelan las encuestas de opinión, las decisiones de los gobernantes se ajustan a las preferencias que manifiesta la mayoría. Somos los europeos más partidarios de que el Estado controle la economía, resuelva nuestros problemas e imponga una fiscalidad redistributiva, al tiempo que nos resistimos a cualquier recorte significativo del gasto público o la liberalización efectiva del mercado laboral. Es cierto que nuestros políticos siguen sin contener el déficit público y que las propuestas electorales de todos los partidos tienden a aumentarlo. También es cierto que, incluso para niveles medios de renta, imponen una escala de tipos impositivos tan desincentivadora como la del actual IRPF, o que mantienen una regulación laboral de las más restrictivas de Europa. Por supuesto, al tomar esas decisiones, los políticos responden a su propio interés, pero también obedecen fielmente a nuestras preferencias.
Lo grave es que esa correspondencia no asegura que se cumplan nuestros deseos. Al contrario: son precisamente esas políticas las que nos impiden alcanzarlos. Sucede que, si bien los políticos ponen en pie los medios que queremos, esos medios son a menudo contrarios a nuestros fines últimos. Pero la responsabilidad no es solo del gobernante que aplica las políticas, sino también del ciudadano que las demanda, y ello por varios motivos. Sobre todo, por la contradicción entre los deseos últimos de bienestar del ciudadano y los medios que permite adoptar a sus representantes
políticos. Asimismo, por el tipo de político que prefiere como gobernante. Como tiende a elegirlo más por afinidad que por competencia, no es de esperar que ese político, tan lleno de ideología como escaso de conocimiento, aporte gran racionalidad a las tareas de gobierno.”
Así las cosas deberá ser el lector el que tras la lectura de este interesante ensayo saque sus propias conclusiones y tome sus propias decisiones que es lo que precisamente el autor pretende.
La culpa es nuestra
Benito Arruñada
La Esfera de los libros
