Los miembros del Consejo de Gobierno coincidieron en que la situación era frágil, pero no crítica, y que una pausa tras la subida de junio permitía evaluar mejor el impacto de la crisis energética y de los conflictos internacionales. También admitieron que aún no había datos suficientes para determinar si las presiones inflacionistas son transitorias o más persistentes.
El BCE optó por esperar a septiembre para disponer de nuevas proyecciones económicas, datos de crecimiento, inflación y evolución salarial antes de adoptar nuevas decisiones. La institución considera que esta cautela ayuda a evitar movimientos prematuros que puedan tener que revertirse posteriormente.
Las actas destacan además que la política monetaria seguirá guiándose por los datos en cada reunión, sin comprometer una trayectoria concreta de tipos. No obstante, el organismo insiste en que la pausa de julio no debe interpretarse como el final del ciclo de endurecimiento monetario.
En materia de comunicación, el BCE subraya la necesidad de mantener abiertas todas las opciones y seguir vigilando especialmente los riesgos derivados de los precios de la energía, así como posibles efectos indirectos sobre salarios y precios.
Los analistas de ING interpretan que dentro del BCE gana fuerza la posición favorable a nuevas subidas de tipos. A su juicio, la resistencia mostrada por la economía de la eurozona y el repunte de la inflación refuerzan los argumentos para un nuevo incremento del precio del dinero en la reunión de septiembre.

