No responde a un cambio en los fundamentales, sino a una dinámica puramente financiera. En contextos de estrés, los inversores tienden a vender los activos con mayores plusvalías para generar liquidez. El oro, tras un fuerte rally previo, se convierte en una de las principales fuentes de caja. Este patrón ya se observó en 2008 y durante el COVID, y se repite ahora con la misma lógica. La reacción del mercado responde más a dinámicas de posicionamiento que a un cuestionamiento de su papel como activo refugio.
Lo ocurrido no fue una huida del oro, sino una liquidación forzada protagonizada por operadores de corto plazo con posiciones muy apalancadas. Cuando Japón subió tipos, se encareció la financiación en yenes, uno de los instrumentos de carry trade más utilizados globalmente, y aumentaron las exigencias de cobertura y márgenes. Las ventas masivas que siguieron no respondieron a una pérdida de convicción sobre el activo, sino a una necesidad urgente de liquidez. Mientras tanto, los grandes fondos y bancos centrales con visión estructural han mantenido o incrementado sus posiciones. Son perfiles distintos, con horizontes temporales distintos, y confundirlos lleva a conclusiones equivocadas.
A ello se añade el desplazamiento de flujos hacia la energía. Las tensiones en el estrecho de Ormuz han impulsado el precio del petróleo y reavivado el riesgo inflacionista, atrayendo capital hacia activos vinculados al crudo en detrimento del oro.
Paradójicamente, la corrección ha tenido un efecto saneador. Ha reducido el apalancamiento, enfriado la euforia y expulsado del mercado a los inversores sin convicción estructural.
Las perspectivas estructurales permanecen intactas
Lejos de revisar sus perspectivas a la baja, Bank of America, UBS y Deutsche Bank mantienen objetivos de revalorización de entre el 15% y el 25% para este ejercicio. Los factores que sostienen la demanda institucional del metal permanecen intactos: la deuda pública global en niveles históricamente elevados, los bancos centrales sin margen de maniobra real, la tensión geopolítica sostenida y la desdolarización de reservas por parte de las economías BRICS. A corto plazo no sería descartable cierta volatilidad o un comportamiento lateral. Pero el escenario de medio y largo plazo sigue apoyando el papel estratégico del oro.
El oro no sube por modas de mercado. Sube porque actúa como cobertura cuando el sistema acumula riesgos estructurales. Y esos riesgos no han desaparecido.
Que un activo cotice cerca de máximos históricos no implica, per se, sobrevaloración, especialmente cuando los factores que justifican su demanda no solo persisten, sino que se han intensificado. Confundir esa volatilidad con el fin de la tesis estructural es, precisamente, el error que cometen quienes miran el gráfico equivocado.
