La actuación de Zapatero ante un periodista de la tele de Sánchez o las melifluas declaraciones del presidente del Psoe, Narbona son los dos ejemplos, mas recientes de esta situación realmente kafkiana en la que los protagonista, nos toman por tontos e ignorantes de la realidad
El problema no es solo que se mienta. Es que la mentira se ha convertido en una herramienta habitual de defensa pública.
Lo estamos viendo en algunas de las comisiones de investigación que han marcado la actualidad reciente, desde las relacionadas con el denominado caso Koldo hasta las comparecencias sobre la gestión de empresas públicas o del gran apagón. Las sesiones del Senado se han convertido a menudo en escenarios donde varios comparecientes ofrecen versiones incompatibles entre sí, mientras los documentos, mensajes o grabaciones terminan cuestionando relatos inicialmente presentados como verdades absolutas.
La estrategia es conocida. Primero llega el «no sabía nada». Después, el «no recuerdo». Más tarde, cuando aparecen pruebas o testimonios contradictorios, surge el «se ha malinterpretado lo que dije». No se busca esclarecer los hechos, sino resistir políticamente hasta que pase la tormenta.
Lo grave es que esta práctica ya apenas escandaliza. La mentira pública se ha normalizado hasta el punto de que muchos ciudadanos esperan de antemano que las primeras versiones no sean las definitivas. Y cuando la desconfianza se convierte en costumbre, las instituciones empiezan a perder autoridad moral.
El Senado, el Congreso y los medios de comunicación no están para escuchar relatos prefabricados, sino para exigir rendición de cuentas. Quien comparece ante ellos debería entender que la obligación de decir la verdad no depende de la conveniencia política del momento.
Porque una mentira puede ganar tiempo, pero rara vez gana credibilidad. Y cuando las excusas sustituyen sistemáticamente a las explicaciones, el daño ya no afecta solo al compareciente. Afecta a la confianza de los ciudadanos en todo el sistema.
La peor noticia no es que algunos mientan; la peor noticia es que demasiados creen que pueden hacerlo sin consecuencias.
