El papa `pronuncio estas palabras en un acto ante cerca de 2.000 inmigrantes e instituciones caritativas en Gran Canaria, primera etapa de su estancia en las Islas Canarias. «Hoy, junto al mar, la Palabra se vuelve concreta: aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad», aseveró el Pontífice. El Evangelio, dijo, «nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre y la violencia, después del desierto, de la noche y del mar».
Ante en el puerto de Arguineguín, Gran Canaria, el Papa afirmó que «aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas», a quienes se homenajeó con una ofrenda floral al mar.
«Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante», clamó.
Haciendo referencia a la Biblia, reiteró que «también hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido».
Robert Prevost agradeció su testimonio a Tito, María y Blessing, que relataron su experiencia de tragedia y también de ayuda. «Sus palabras nos muestran dónde comienza la conversión de la mirada: cuando el migrante deja de ser uno más, deja de ser una categoría y una cifra», señaló.
«Si otros pusieron precio a tu cuerpo, Dios no ha dejado nunca de mirarte como alguien invaluable», le dijo a la mujer que expuso la tragedia que vivió como víctima de la trata. Y advirtió: «No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son cantos de sirenas, son industrias de muerte».
En su mensaje en el puerto canario y en presencia del presidente del Gobierno, y de varios de sus ministros el Papa llamó a los católicos y a «quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas» no «pasar de largo ante los cayucos y las pateras». «No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera», aseveró. «La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra», insistió.
El Papa concluyó: «Que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano, se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros».
El acto contó con actuaciones musicales y se realizó una ofrenda floral al filo del muelle, momento en el que se lanzaron al mar las flores, en memoria y homenaje a las personas migrantes que murieron en sus aguas durante su travesía. Este fue uno de los momentos más significativos del acto y, entre aplausos y mucha emoción, León XIV también bendijo la Virgen y la Cruz que hay en el puerto. Al finalizar el acto, León XIV se despidió del presidente del Gobierno, así como de algunos participantes en el acto y voluntarios de la organización. Entre gritos de ‘¡Viva el Papa!’ y de ‘¡Papa León, te queremos un montón!’, el Pontífice abandonó el muelle donde la dignidad humana y la solidaridad con la migración fueron protagonistas.
