Además, 2025 marcó la menor extensión de hielo marino observada en casi medio siglo, según Copernicus.
Las previsiones apuntan a un aumento de los fenómenos meteorológicos extremos, como inundaciones, sequías, incendios y danas, con especial impacto en las ciudades, donde vive más de la mitad de la población mundial. Europa figura entre las regiones más expuestas a las consecuencias del cambio climático.
Según el IPCC, el nivel del mar podría elevarse hasta dos metros durante este siglo, poniendo en riesgo numerosas zonas costeras. La NASA ha advertido en distintas ocasiones sobre la vulnerabilidad de ciudades españolas como Barcelona, Cádiz o Santa Cruz de Tenerife ante este escenario.
España ya comienza a percibir algunos efectos económicos. El calor extremo está modificando los patrones turísticos, favoreciendo destinos más frescos como Galicia y Asturias frente a áreas tradicionalmente muy demandadas como la Costa del Sol o el Levante. Aunque el país sigue batiendo récords de visitantes, el cambio de hábitos es cada vez más visible.
Más allá del turismo, distintos organismos advierten del impacto económico del calentamiento global. Scope Ratings estima que los riesgos climáticos podrían tener un coste equivalente a entre el 3,8% y el 6,8% del PIB español en las próximas décadas. La New Economics Foundation, por su parte, alerta de que la falta de inversión en adaptación podría incrementar significativamente la deuda pública para 2050.
Los efectos también se dejarán sentir en las grandes ciudades. Un informe de AXA Climate señala que Madrid podría evolucionar hacia un clima similar al de ciudades del norte de África, con un aumento de la temperatura media superior a cinco grados a finales de siglo. Esto se traduciría en olas de calor más frecuentes e intensas, más noches tropicales y una mayor presión sobre los recursos hídricos.
El estudio estima además que, sin medidas de adaptación, el impacto económico podría superar el 20% del PIB local y provocar decenas de miles de muertes relacionadas con el calor hasta mediados de siglo. La creación de refugios climáticos, la ampliación de zonas verdes y la mejora de los planes de prevención permitirían reducir notablemente estos riesgos.
A ello se sumarían mayores problemas para el mercado laboral, especialmente en actividades al aire libre, un aumento del riesgo de incendios y una creciente presión sobre el suministro de agua, en un contexto de precipitaciones más escasas e irregulares. El cambio climático ya no es una amenaza futura: sus efectos son cada vez más visibles en la economía, la salud y la vida cotidiana.
