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  Opinión  Firmas  Los objetivos económicos de la nueva carrera espacial
Firmas

Los objetivos económicos de la nueva carrera espacial

Cuanto más escasean los recursos mineros, más rentabilidad prometen los recursos lunares como el Helio-3. La economía espacial promete un nuevo impulso.

Juan Pablo ZurdoJuan Pablo Zurdo—9 de febrero de 20240
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Hoy la carrera espacial reproduce algunas claves de la rivalidad entre Estados Unidos y la Unión Soviética en plena Guerra Fría, como la búsqueda del liderazgo tecnológico y la cohesión del orgullo nacional. Pero la actual carrera estrena algunos elementos que la hacen aún más interesante, y problemática. En cierta medida, recuerda la pasada competencia por colonizar porciones de la Tierra, de ahí que se califique a la Luna como el octavo continente o se hable de nueva fiebre del oro para referirse al interés por sus recursos mineros.

En el siglo XXI no solo compiten dos países. China mira de tú a tú a Estados Unidos y alcanza la cara oculta del satélite. Rusia compensa su pérdida de capacidad al aliarse con el gigante asiático. El primer alunizaje en el polo sur del satélite se lo ha apuntado India. También pujan la Unión Europea, Emiratos Árabes, Japón, Israel o Canadá. No obstante, la vieja lógica de bloques se reproduce en algunos aspectos, como las nuevas legislaciones que tratan de regular la conquista: por un lado la propuesta estadounidense y por el otro la china, con la adhesión de terceros países según sus afinidades económicas e ideológicas.

Entre las diferencias respecto al siglo XX destacan el interés por los recursos estratégicos además de la participación privada, cuya consecuencia es un impulso de mayor alcance. Magnates privados inyectan grandes inversiones que logran avances como los cohetes reutilizables —claves para normalizar las líneas aeroespaciales Luna-Tierra-Luna—. Junto a ellos, numerosas startups acuden al pastel de los contratos públicos. Ese crecimiento de los presupuestos refleja el de la competencia global. Según la Space Foundation, el gasto espacial conjunto creció un 8% el año pasado —546.000 millones de dólares— y lo hará otro 41% durante el próximo lustro. La rivalidad entre países también reproduce la de los modelos económicos: mientras la órbita de Estados Unidos estimula la participación privada, la de China prioriza una planificación centralizada de los recursos.

Si se aplica la lógica económica, parece razonable que tales cifras esperen un retorno de la inversión, aunque sea a décadas vista. No es casual que las naves apunten al polo sur lunar, donde se acumulan depósitos de hielo, si oxígeno e hidrógeno son componentes básicos de los combustibles espaciales. Y el satélite, con 1/6 de la gravedad terrestre, sería la plataforma de lanzamiento ideal hacia otras misiones, por ejemplo las marcianas. En la Luna abunda el isótopo Helio-3, muy escaso en la Tierra, cuya disponibilidad podría dar un impulso importante a los reactores de fusión nuclear hacia una fuente ilimitada de energía. Además, el fondo de algunos cráteres nunca recibe luz solar y esas condiciones quizá conserven metales estratégicos en estado primigenio, por ejemplo, para la fabricación de semiconductores.

Una cosa es alunizar con una nave robótica y otra instalar infraestructuras y aclimatar a seres humanos para procesar recursos. Sin embargo, la carrera puede rendir beneficios más inmediatos en forma de nuevas tecnologías. Ya lo hizo la del siglo XX con el desarrollo de paneles solares, las telecomunicaciones o el control remoto, entre otros. Aunque la actual se enfrenta a objetivos operativos mucho mayores, también parte de un nivel computacional incomparable. Según el Instituto de la Ingeniería de España, «hay expectación, emoción y ganas en la industria aeroespacial porque se va a crear una economía del espacio que ofrecerá muchas oportunidades de negocio e inversión para desarrollar nuevas tecnologías».

Los analistas dan por seguro su despegue, con un uso terrestre antes incluso que lunar o marciano. Ya lo hacen la automatización y robotización de dispositivos y máquinas, en inteligencia artificial para cálculos de navegación, la electricidad que acelera y expulsa iones para propulsar cohetes, el despliegue de una red de satélites de baja órbita para telecomunicaciones, GPS espaciales o la impresión 3D de piezas de naves modulares. El turismo va siendo viable como fuente de ingresos privados que financien otros objetivos. Y desde luego, podrá impulsar una industria minera que aproveche el conocimiento de trabajar en condiciones extremas como los fondos marinos, además de todas las aplicaciones energéticas como la mencionada fusión o los sistemas de energía solar basados en el espacio.

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