No aborda un conflicto entre bloques, sino «un mundo en beligerancia permanente», donde la guerra vuelve a ser instrumento político y el equilibrio armado reaparece como frágil garantía de estabilidad. En este contexto, el uso militar de la inteligencia artificial plantea un desafío urgente.
El Papa advierte que la situación actual es incluso más peligrosa que la Guerra Fría, por la multiplicación de actores y conflictos. Rechaza la idea de que las tragedias del siglo XX no puedan repetirse y declara superada la doctrina de la «guerra justa». Frente a ello, propone seis principios —dignidad, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia— para evaluar si la tecnología sirve verdaderamente a la humanidad.
Desde el inicio, plantea una elección decisiva: una nueva Babel o una sociedad más humana. Recuerda que cada generación es responsable de su tiempo y advierte del riesgo de construir un mundo más injusto. La encíclica insiste en que las personas no deben ser espectadoras pasivas, sino protagonistas responsables ante el avance tecnológico.
La inteligencia artificial ocupa un lugar central. León XIV subraya que no es neutral: puede fomentar la justicia o amplificar desigualdades y control, especialmente si el poder se concentra en pocas manos. Reclama regulación internacional y propone una pregunta clave para evaluarla: si contribuye al crecimiento humano y la fraternidad. También insiste en preservar la educación, el pensamiento crítico y el valor de las relaciones humanas.
En el ámbito militar, rechaza delegar decisiones en la IA, ya que el juicio moral exige responsabilidad personal. Si se utilizan estas tecnologías, deben respetar principios como la responsabilidad identificable, la deliberación ética y la protección de civiles.
La encíclica también analiza el contexto global: tras el fin del comunismo, una globalización sin base política ha generado un orden multipolar y conflictivo. Denuncia el auge de narrativas enfrentadas y el debilitamiento del derecho internacional y humanitario.
Frente a ello, alerta de la «tentación» de la indiferencia. Recuerda que todos tienen responsabilidad y deben elegir entre la lógica de la fuerza o la de la paz. Invita a adoptar la mirada de las víctimas y rechaza la neutralidad ante injusticias graves.
Finalmente, propone “desarmar las palabras”, reforzar el diálogo y proteger los espacios de relación humana —la familia, la comunidad, el cuidado cotidiano— como base de esa “magnífica humanidad” que la encíclica aspira a preservar.
