El motivo principal es que el Ejecutivo ha vinculado esta reivindicación al proceso de ampliación de la UE, llegando a sugerir un posible veto a la entrada de nuevos países, como Montenegro, si antes no se resuelve esta cuestión.
Fuentes diplomáticas europeas consideran que esta estrategia convierte un asunto interno español en una condición para decisiones de interés común y la perciben como una forma de presión política. Pese a ello, Moncloa es consciente de que sigue sin contar con la unanimidad necesaria para sacar adelante la propuesta.
El ministro de Exteriores, Albares, pretende que la cuestión vuelva a debatirse en el Consejo de Asuntos Generales de la UE el próximo 22 de septiembre. La iniciativa coincide con un momento políticamente sensible para Sánchez, que necesita mantener el apoyo de Junts para asegurar la estabilidad parlamentaria.
El Gobierno defiende que sería injusto reconocer como oficial el montenegrino, hablado por unas 225.000 personas, y no el catalán, con cerca de diez millones de hablantes. Sin embargo, la mayoría de los Estados miembros mantiene reservas por las implicaciones jurídicas, económicas y políticas que podría generar el precedente para otras lenguas regionales.
Además, la amenaza de bloquear la ampliación europea apenas preocupa en Bruselas. Muchos países ya mantienen objeciones a futuras adhesiones, especialmente en el caso de Ucrania y los Balcanes, y consideran que añadir una condición más tendría escaso impacto práctico.
En las últimas discusiones sobre esta cuestión, potencias como Alemania, Francia, Suecia o Finlandia se mostraron contrarias al reconocimiento del catalán. También persisten dudas en Italia, Polonia, Austria y los países bálticos. Por ahora, España solo ha recabado apoyos limitados y los intentos de acercamiento con Alemania no han producido avances significativos.
Consciente de que el consenso sigue lejos, Albares ha optado por impulsar un nuevo debate sin votación prevista. Para muchos observadores, se trata sobre todo de un gesto político dirigido a contentar a Junts, aunque con escasos resultados hasta la fecha y a costa de aumentar la incomodidad de varios socios europeos.
