El aumento de precios lleva aparejado un incremento automático de la recaudación fiscal, especialmente a través de impuestos indirectos como el IVA y los gravámenes especiales. Por ejemplo, cuando el litro de gasolina sube de 1,30 a 1,80 euros, el IVA recaudado por el Estado también crece, sin necesidad de modificar la tasa impositiva. Lo mismo ocurre con el impuesto especial sobre hidrocarburos, que representa una parte fija y otra variable según el precio. En 2022, la recaudación tributaria por IVA aumentó más de un 15% respecto al año anterior, impulsada buena parte por la inflación y el encarecimiento de materias primas.
Sin embargo, resulta preocupante observar que el Estado, lejos de plantear una reducción o ajuste de estos ingresos extraordinarios, parece aferrarse a ellos sin mostrar voluntad alguna de renunciar a una parte para aliviar la carga que soportan personas ciudadanas y el tejido productivo. Mientras que la recaudación fiscal crece, los precios de alimentos como el trigo o el aceite han alcanzado máximos históricos, y sectores como la construcción o la industria sufren el impacto de los elevados costes del acero y del gas, lo que repercute negativamente en el empleo y el poder adquisitivo de la sociedad.
Esta actitud pone de manifiesto una falta de sensibilidad social y una visión cortoplacista que prioriza el saneamiento de las cuentas públicas sobre el bienestar de la población. Un gobierno verdaderamente comprometido con el interés general debería considerar mecanismos de compensación o rebajas fiscales en épocas de bonanza recaudatoria. Por ejemplo, algunos países europeos han reducido temporalmente el IVA de la energía o han establecido ayudas directas a las personas más vulnerables, para contrarrestar el impacto de la inflación. En lugar de aprovechar el viento a favor para engordar las arcas estatales, sería más justo repartir parte de esos ingresos extraordinarios, permitiendo que la sociedad no pague en solitario la factura del encarecimiento.
Y mientras los procesos por corrupción de los dirigentes socialistas y el despilfarro en celebraciones y subvenciones inexplicables siguen llenan do y llenando páginas de los periódicos sin que nadie se responsabilice ni dimita por acontecimientos que en cualquier parte del mundo serian suficientes para que un gobierno en pleno dimitiese

