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  Opinión  Firmas  Energías renovables e inteligencia artificial: dos megatendencias o una buena oportunidad
Firmas

Energías renovables e inteligencia artificial: dos megatendencias o una buena oportunidad

La inestabilidad geopolítica que domina los titulares internacionales está generando, paradójicamente, un efecto acelerador sobre algunas de las grandes tendencias estructurales de inversión que definirán la economía de este siglo.

José Manuel Marín Cebrián, analista financiero y fundador de FortunaJosé Manuel Marín Cebrián, analista financiero y fundador de Fortuna—19 de mayo de 20260
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Lejos de paralizar el movimiento del capital, la tensión global está actuando como un potente catalizador para dos megatendencias que los inversores institucionales llevan años situando en el centro de sus carteras: la transición energética hacia fuentes limpias y renovables, por un lado, y la consolidación de la inteligencia artificial como palanca de transformación económica, por otro.
El poder en el siglo XXI no será únicamente militar. Será energético.
La capacidad de un país para garantizar su propio abastecimiento, producir energía limpia en su territorio y no depender de terceros en momentos de tensión define hoy su posición estratégica de manera tan determinante como el tamaño de su ejército. Europa ha tardado en asumirlo, pero lo ha asumido, y esa toma de conciencia está generando un flujo de inversión pública y privada hacia la infraestructura energética limpia sin precedentes en nuestra historia reciente.

Occidente se había instalado durante demasiados años en la convicción de que el suministro de hidrocarburos era un hecho garantizado y barato. La dependencia estructural de proveedores en regiones de elevada volatilidad política es una vulnerabilidad de primer orden que ninguna política energética occidental ha logrado resolver. Europa ha asumido que esa situación es insostenible y ha tomado un camino sin marcha atrás. Las consecuencias van mucho más allá del encarecimiento del combustible: la transmisión del precio de la energía a través de la cadena productiva genera presiones inflacionistas, deteriora los márgenes empresariales, eleva los costes logísticos y lastra el crecimiento económico de manera generalizada. Esa cadena de efectos es la que convierte la transición energética en algo cualitativamente diferente a lo que fue durante la última década. Ha dejado de ser un discurso ideológico para convertirse en una necesidad estratégica de seguridad nacional que las principales potencias reconocen con independencia de su orientación política.
Las renovables, tanto las maduras como las que se encuentran en fase de expansión, no son solo atractivas por sus fundamentales: han adquirido una dimensión estratégica que los mercados todavía no han valorado del todo. Se benefician además del respaldo explícito de los grandes bloques geopolíticos, que compiten por el liderazgo en la cadena de valor de la energía limpia. Esa combinación de fundamentos sólidos, urgencia estratégica y apoyo institucional sostenido justifica una exposición estructural al sector.
La inteligencia artificial: de los múltiplos de ciencia ficción a la transformación productiva real
La narrativa en torno a la inteligencia artificial ha generado cierta fatiga entre los gestores más escépticos, y en parte con razón. Hace apenas unos meses algunas compañías del sector cotizaban con múltiplos y ratios precio-beneficio que solo podían justificarse bajo supuestos de crecimiento que rozaban la ciencia ficción. El mercado aplicó una corrección que muchos presentaron como el fin del ciclo alcista. Es la lectura contraria la que resulta más convincente: esa corrección ha sido saludable y necesaria, y ha dejado el terreno en condiciones bastante más atractivas para el inversor con horizonte de medio y largo plazo.

La inteligencia artificial ha cruzado un umbral decisivo. Ya no estamos ante una tecnología prometedora cuya rentabilidad se sitúa en un horizonte indeterminado, sino ante una herramienta de transformación productiva con resultados medibles en sectores tan distintos como la sanidad, la defensa, los servicios financieros y la industria manufacturera. Las preguntas que los gestores se formulaban hace tres años sobre cuándo y cómo se materializarían los beneficios económicos de esta tecnología están encontrando respuestas concretas en los resultados de las empresas que han apostado con mayor convicción por su adopción.
A ese proceso de maduración se suma el efecto catalizador de la rivalidad geopolítica. La competencia entre las grandes potencias por el liderazgo en inteligencia artificial no frena la inversión en el sector, la multiplica, y ha convertido esta tecnología en un asunto de Estado en sentido estricto. Los presupuestos destinados a defensa e inteligencia, las iniciativas de soberanía digital que proliferan en Europa y Asia, y la aceleración de los programas de digitalización industrial se traducen en una demanda estructural y sostenida que atraviesa toda la cadena de valor. Es un factor que todavía no está suficientemente incorporado en el precio de muchos activos del sector.

No es casual que ambas megatendencias compartan el mismo contexto económico de fondo. La transición energética y la inteligencia artificial se desarrollan en paralelo, se alimentan mutuamente y responden a los mismos vectores de transformación: la necesidad de reducir dependencias estratégicas, la presión competitiva entre bloques geopolíticos y la búsqueda de ganancias de productividad en economías que han agotado las palancas de crecimiento convencionales. El inversor que entiende esa convergencia tiene una ventaja analítica real sobre quien trata cada tendencia como un compartimento estanco.

Asignación de activos y sectores con potencial en el ciclo actual
La incertidumbre geopolítica invita a la cautela, pero la historia enseña que las grandes disrupciones han actuado siempre como aceleradoras de las transformaciones que ya estaban en marcha. Los inversores que han sabido distinguir entre la volatilidad coyuntural y las tendencias de fondo han obtenido retornos muy superiores a quienes optaron por el refugio en los momentos de mayor turbulencia.
Las renovables, los semiconductores y las empresas industriales orientadas a la automatización y la electrificación avanzada son los tres ejes donde la demanda pública y el crecimiento secular de la demanda privada convergen con mayor claridad. En el ámbito energético, la preferencia se orienta hacia infraestructura con visibilidad de ingresos a largo plazo, sustentada en marcos regulatorios estables y presupuestos públicos comprometidos. En inteligencia artificial, la selección es más exigente y requiere discriminar entre las compañías con ventajas competitivas reales y las que se beneficiaron del entusiasmo inicial sin haber construido posiciones de liderazgo sostenibles.
Hay un elemento material que merece más atención de la que habitualmente recibe: el cobre. La transición energética es, en gran medida, una transición hacia la electrificación, y la electrificación exige cobre en cantidades que el mundo todavía no produce con suficiente holgura. Las redes eléctricas inteligentes, los vehículos eléctricos, las instalaciones renovables y los sistemas de almacenamiento consumen este metal de forma intensiva, y su disponibilidad condicionará tanto el ritmo como el coste de la transición. El inversor que entiende la transición energética únicamente como una apuesta por los paneles solares o los aerogeneradores está ignorando una parte esencial de la cadena de valor.

Los riesgos existen y sería imprudente no considerarlos. La velocidad de la transición puede verse condicionada por tensiones en el suministro de materiales críticos y por la resistencia política de economías que todavía dependen en gran medida de los combustibles fósiles. En inteligencia artificial, aunque la corrección de valoraciones ha mejorado el punto de entrada, algunas compañías siguen cotizando con exigencias de rentabilidad futura que requieren una ejecución impecable durante años. La dirección del ciclo, con todo, es irreversible, y en esa irreversibilidad reside la base más sólida sobre la que construir posiciones de largo plazo.

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