Todo son declaraciones solemnes, reuniones de urgencia y grandes palabras.
Pero la pregunta incómoda sigue sin respuesta: ¿qué hacen durante los once meses del año en los que los montes no arden?
Porque los incendios no nacen en julio ni en agosto. Se gestan durante todo el año. Se alimentan del abandono del mundo rural, de la falta de limpieza forestal, de la burocracia que impide gestionar los montes y de una política más preocupada por construir relatos que por retirar la maleza. Cuando llega el fuego, el combustible ya lleva años acumulándose.
La obsesión política por atribuir cada incendio al cambio climático se ha convertido en una cómoda coartada. Es mucho más fácil señalar al calentamiento global que reconocer décadas de negligencia en la gestión forestal. El clima puede agravar el problema, pero no limpia montes, no abre cortafuegos ni recupera la actividad agraria y ganadera que tradicionalmente mantenía el territorio en condiciones.
Lo más llamativo es que los mismos dirigentes que exigen pactos de Estado cada verano apenas hablan de prevención el resto del año. La política del incendio se ha convertido en una política de reacción: muchas fotografías cuando llegan las llamas y muy pocos trabajos cuando toca prevenirlas. Se invierte más esfuerzo en explicar por qué arde el monte que en evitar que arda.
Mientras tanto, miles de hectáreas siguen acumulando vegetación seca como un enorme polvorín a la espera de la próxima ola de calor. Y cuando vuelva a ocurrir, volveremos a escuchar las mismas explicaciones, los mismos anuncios y las mismas promesas.
El verdadero problema no es que haya incendios todos los veranos. El verdadero problema es que parece que la gestión pública solo empieza cuando el bosque ya está ardiendo. Porque apagar fuegos da titulares; prevenirlos exige trabajar en silencio, y eso da muchos menos votos.
