La prórroga continuada de los Presupuestos ha convertido medidas que deberían ser excepcionales en herramientas habituales de gestión.
La ausencia de nuevas cuentas públicas obliga al Gobierno a recurrir con frecuencia a modificaciones de crédito para adaptar los gastos a las necesidades reales del ejercicio. Aunque estos mecanismos están previstos legalmente, su uso reiterado reduce la capacidad de control parlamentario sobre miles de millones de euros que terminan aprobándose mediante acuerdos del Consejo de Ministros o decisiones administrativas posteriores.
A ello se suma el aumento de subvenciones y ayudas de concesión directa, justificadas en muchos casos por razones de interés público, urgencia o carácter estratégico. Sin embargo, cuanto mayor es el recurso a procedimientos excepcionales, menor es la concurrencia competitiva y más difícil resulta evaluar si los fondos se asignan de la forma más eficiente posible.
El problema no reside únicamente en el volumen de recursos movilizados, sino en la pérdida progresiva de transparencia que acompaña a esta dinámica. Los Presupuestos Generales del Estado están diseñados para fijar prioridades, debatirlas públicamente y someterlas al control de las Cortes. Cuando una parte creciente del gasto se canaliza mediante modificaciones, ampliaciones o subvenciones extraordinarias, ese debate pierde relevancia y la capacidad de supervisión se debilita.
La consecuencia es una gestión cada vez más dependiente de decisiones puntuales del Ejecutivo y menos de una planificación presupuestaria integral. En un contexto de elevada deuda pública y crecientes compromisos financieros, reforzar los mecanismos de control y recuperar la normalidad presupuestaria resulta tan importante como la propia cuantía del gasto que se aprueba.
La proliferación de créditos extraordinarios y ampliaciones presupuestarias se aprecia en varios casos recientes:
• Amortización de deuda pública (2025): el Estado tenía que afrontar vencimientos por 113.500 millones de euros, pero el presupuesto prorrogado solo contemplaba 91.000 millones. La diferencia, 22.500 millones, se cubrió mediante una ampliación de crédito financiada con nueva deuda.
• Compromisos de deuda para 2026: las obligaciones de amortización superan los 120.600 millones de euros, mientras que el crédito inicial prorrogado seguiría siendo de 91.000 millones. Esto obligaría a nuevas modificaciones presupuestarias por cerca de 30.000 millones.
• Autorizaciones de endeudamiento para comunidades autónomas: durante los primeros meses de 2026 el Consejo de Ministros aprobó diferentes operaciones de deuda para varias regiones por importes superiores a los 10.000 millones de euros.
• Plan de Publicidad Institucional: aprobado con una dotación cercana a 270 millones de euros, en un contexto de presupuestos prorrogados y sin un debate presupuestario anual específico.
• Subvenciones directas y transferencias nominativas: los Consejos de Ministros han continuado autorizando ayudas, convenios y transferencias a organismos públicos, entidades privadas y organizaciones internacionales mediante acuerdos específicos, al margen de convocatorias competitivas.
• Contratación por procedimiento negociado sin publicidad: aunque no es una ampliación de crédito, la Administración General del Estado adjudicó casi 3.000 millones de euros por esta vía en el primer semestre de 2026, cifra récord según los datos de la OIReScon.
Llegados a este punto, la cuestión relevante no es tanto la legalidad de estos mecanismos, que están previstos en la normativa, sino su creciente utilización. La repetida prórroga presupuestaria ha trasladado una parte creciente de las decisiones de gasto desde el debate parlamentario anual hacia acuerdos posteriores del Gobierno, reduciendo la capacidad de supervisión política sobre partidas que movilizan decenas de miles de millones de euros.
Así, instrumentos concebidos para atender necesidades excepcionales se han convertido progresivamente en herramientas ordinarias de gestión, alimentando el debate sobre la transparencia, la rendición de cuentas y el control efectivo del gasto público.
El recurso creciente a ampliaciones de crédito, créditos extraordinarios y modificaciones presupuestarias no implica necesariamente una irregularidad legal, pero sí puede generar importantes riesgos para la calidad de la gestión pública y la rendición de cuentas.
1. Menor control parlamentario
El principal riesgo es que una parte relevante del gasto público se apruebe sin el mismo grado de supervisión que tendrían unos Presupuestos Generales del Estado debatidos y votados en las Cortes. Cuanto mayor es el peso de las modificaciones posteriores, menor es la capacidad del Parlamento para fijar prioridades de gasto.
2. Menor transparencia
Las ampliaciones de crédito suelen tramitarse mediante acuerdos específicos y documentos técnicos de difícil seguimiento para la ciudadanía. Esto dificulta conocer con claridad cuánto dinero se destina a cada política pública y cómo evoluciona el gasto real respecto al inicialmente previsto.
3. Incentivos a una planificación deficiente
Si las necesidades de financiación pueden cubrirse recurrentemente mediante modificaciones presupuestarias, existe el riesgo de que los presupuestos iniciales pierdan realismo y dejen de reflejar los compromisos efectivos del Estado.
4. Aumento del endeudamiento
Cuando las ampliaciones se financian con nueva deuda, el Estado puede acabar recurriendo al crédito para atender obligaciones corrientes o vencimientos previos. Esto incrementa las cargas financieras futuras y reduce el margen de actuación de gobiernos posteriores.
5. Menor evaluación de la eficiencia del gasto
Las partidas aprobadas mediante mecanismos extraordinarios suelen recibir menos debate público que las incluidas en un presupuesto ordinario. Como consecuencia, resulta más difícil valorar si los recursos se asignan a las políticas más prioritarias o si existen alternativas más eficientes.
6. Riesgo de discrecionalidad política
Cuando una parte creciente del gasto depende de decisiones puntuales del Ejecutivo, aumenta la percepción de arbitrariedad en la asignación de fondos. Aunque las decisiones sean legales, la concentración del poder de gasto en el Gobierno puede deteriorar la confianza institucional.
En definitiva, el problema no es la existencia de créditos extraordinarios o ampliaciones, instrumentos necesarios en situaciones excepcionales. El riesgo aparece cuando estos mecanismos dejan de ser excepcionales y se convierten en una vía habitual para gestionar decenas de miles de millones de euros, debilitando la función presupuestaria del Parlamento y reduciendo la transparencia sobre el uso de los recursos públicos.

