Lo preocupante es cuando una instalación pagada por todos los contribuyentes corre el riesgo de convertirse en un escenario reservado para cargos públicos, autoridades o invitados selectos mientras el ciudadano que la financia queda al margen.
El problema no es quién mira el cielo. El problema es quién decide quién puede mirarlo desde un lugar privilegiado sufragado con dinero público. Los observatorios, museos, centros de investigación, edificios históricos o infraestructuras públicas existen para servir al interés general, no para reforzar redes de influencia ni para proporcionar experiencias exclusivas a una élite política o administrativa.
En España existe una arraigada tendencia a confundir la gestión de lo público con la propiedad de lo público. Los gobernantes administran recursos que no les pertenecen, pero con frecuencia actúan como si fueran dueños temporales de ellos. Esa cultura del privilegio, aunque parezca anecdótica en comparación con problemas mayores, erosiona la confianza ciudadana y transmite un mensaje equivocado: que hay una categoría de personas con acceso preferente a lo que es de todos.
Resulta especialmente paradójico cuando hablamos de ciencia. La investigación pública necesita prestigio social, apoyo ciudadano y vocaciones. Nada contribuye más a esos objetivos que abrir las puertas de sus instalaciones a la sociedad. Nada las perjudica más que proyectar la imagen de espacios exclusivos reservados a invitados distinguidos.
La cuestión de fondo no es el eclipse y la utilización de Yebes. Es la necesidad de recordar que los bienes públicos no son una extensión del despacho de ningún gobernante. Cada vez que una instalación financiada por los contribuyentes se utiliza con criterios de privilegio en lugar de servicio público, se produce un pequeño eclipse institucional: el del principio de igualdad ante los recursos comunes.
Porque el mejor espectáculo que puede ofrecer una democracia no es un fenómeno astronómico, sino la certeza de que lo que es de todos está realmente al servicio de todos.
