El índice ICE BofA MOVE, que mide la volatilidad que el mercado de opciones descuenta en los tipos de interés estadounidenses, cerró el 6 de octubre en 105,20 puntos, tras alcanzar los 113,60 en la sesión anterior, y encadena siete sesiones por encima de los 100. El mercado de deuda no atraviesa un episodio de tensión extrema, pero tampoco se parece ya al lugar previsible en el que se construyó la reputación de los bonos como activo sin sobresaltos.
El MOVE, siglas de Merrill Lynch Option Volatility Estimate, cumple en la deuda pública estadounidense una función equivalente a la del VIX en la bolsa, puesto que recoge la volatilidad implícita en las opciones sobre tipos de interés y, por tanto, el precio que los participantes están dispuestos a pagar para protegerse de sus movimientos. Entre 2017 y 2019 el índice se situó de media en torno a los 58 puntos y en 2021 promedió 61,89. En 2022 saltó hasta una media de 120,31, con un máximo de 160,72, y en 2023 promedió 121,61 y llegó a marcar 198,71 puntos durante la crisis de la banca regional estadounidense.
El nivel actual queda lejos de aquellos extremos, aunque también del registro de los años de calma, y la evolución reciente apunta en la misma dirección, ya que el índice cerró en 96 puntos el 25 de septiembre y en 110,45 tres sesiones después. El repunte se produce pocas semanas después de que la Reserva Federal y el Banco Central Europeo subieran los tipos de interés en septiembre, ante una inflación que se mantiene por encima de sus objetivos.
El precedente de 2022 explica por qué el dato merece atención. La inflación ya había comenzado a subir antes de la invasión rusa de Ucrania, impulsada por los cuellos de botella posteriores a la pandemia, la energía y los estímulos fiscales y monetarios, y la guerra añadió presión sobre el gas, las materias primas, los alimentos y las cadenas de suministro. Los bancos centrales respondieron con subidas de tipos y los inversores comprobaron que, cuando el precio del dinero sube, el de los bonos ya emitidos cae, y lo hace con mayor intensidad cuanto más larga es su duración. Un bono que paga un 1% pierde valor en el momento en que el mercado ofrece emisiones comparables al 4%, porque nadie lo compraría al mismo precio. La renta contractual de un título es fija si se mantiene hasta el vencimiento y el emisor cumple con sus obligaciones, pero su precio durante ese trayecto no lo es.
Aquel año cayó también una segunda certeza, la de que los bonos suben cuando la bolsa baja. Sobre esa premisa se habían construido innumerables carteras 60/40 y fondos mixtos, pero las correlaciones no son leyes físicas y pueden cambiar cuando acciones y bonos se enfrentan a un enemigo común, que en 2022 fue la inflación. Cayó la renta variable, cayó la renta fija y cayeron con ellas muchos fondos mixtos, de modo que el amortiguador dejó de funcionar cuando más falta hacía.
Harley Bassman, creador del índice, propone una regla aproximada para interpretarlo, que consiste en dividir su nivel entre 16 para obtener el movimiento diario, en puntos básicos, que el mercado de opciones descuenta para el mes siguiente. Con el cierre del 6 de octubre el resultado es de unos 6,6 puntos básicos diarios en la rentabilidad de los bonos, y con el de la sesión anterior superaba los 7. La paradoja es que, mientras parte de los ahorradores considera que ha reducido el riesgo de su cartera al sustituir renta variable por renta fija, los profesionales del mercado están pagando primas para cubrirse de movimientos relevantes en los tipos de interés.
Nada de lo anterior convierte a la renta fija en un mal activo y sostenerlo sería tan simplista como afirmar que siempre es segura. Los bonos tienen cabida en una planificación financiera, pero su riesgo depende de la duración, del emisor, de la calidad crediticia, del vencimiento, de la inflación, de la divisa, de la liquidez y del precio de entrada. Lo que conviene revisar es la falsa sensación de seguridad que acompaña a una etiqueta comercial, porque la escalera que sitúa los depósitos y los monetarios en el peldaño de menor riesgo, la renta fija y los fondos mixtos en los intermedios y la bolsa en el más alto resulta fácil de explicar pero incompleta, dado que confunde volatilidad con riesgo.
Ser conservador debería significar controlar los riesgos que pueden impedir al inversor alcanzar sus objetivos, entre los que figuran también mantener el dinero parado mientras la inflación erosiona su poder adquisitivo o concentrar todo el patrimonio en activos financieros. Diversificar tampoco consiste en acumular productos, puesto que cinco fondos distintos pueden depender de los mismos factores de riesgo. Una cartera diversificada reparte motores de rentabilidad, horizontes temporales, fuentes de riesgo, liquidez, geografías y clases de activo, y combina renta variable, activos reales, metales preciosos físicos, estrategias alternativas, liquidez y crédito privado cuando tenga sentido.
Antes de preguntarse cuánto puede ganar una inversión conviene preguntarse qué tiene que ocurrir para que pierda dinero. Quien conoce la respuesta puede decidir de forma racional si quiere asumir ese riesgo, y quien no la conoce queda expuesto al más peligroso de todos, el que daba por inexistente. El año 2022 fue una advertencia y no una anécdota, y el MOVE recuerda que ese riesgo no ha desaparecido por haber salido de los titulares.
