Actividad esta, ya de por si inundada de la porquería que día tras día aflora de las cloacas socialistas, por mas que todo un equipo de cientos de expertos que habitan La Moncloa traten de ocultarlo con todo tipo de argucias y artimañas, incluida la visita papal.
Hay que recordar, que las sesiones de control al Gobierno nacieron como un instrumento clave para la rendición de cuentas. Sin embargo, con el tiempo se han ido degradando hasta convertirse, en demasiadas ocasiones, en un escaparate de confrontación estéril.
Basta recordar algunos enfrentamientos habituales entre líderes políticos en el Congreso, donde los intercambios entre el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición derivan con frecuencia en reproches personales, acusaciones cruzadas o alusiones al pasado, sin apenas espacio para el debate de fondo. En lugar de responder a preguntas concretas, es habitual que ambas partes utilicen su turno para lanzar mensajes de partido o erosionar al adversario.
Este clima, más cercano al choque dialéctico que a la fiscalización rigurosa, alimenta la polarización. Cada intervención parece diseñada para generar titulares y aplausos en su propia bancada, no para aclarar problemas ni aportar soluciones.
La consecuencia es clara: se desaprovecha un mecanismo esencial del sistema democrático y se incrementa la desafección ciudadana. Las sesiones de control, lejos de acercar la política a los ciudadanos, refuerzan la percepción de que el debate público está dominado por el ruido y la confrontación.
Recuperar su sentido exige priorizar el contenido frente al espectáculo y el interés general frente a la lógica del enfrentamiento permanente. Mientras esto no ocurra, seguirán siendo más un termómetro de la crispación que un verdadero ejercicio de control democrático.
Y junto a ese deterioro político, lo peor es la reacción del ciudadano que poco a poco se aleja de la política, dada la incapacidad de los representantes de defender el interés público y no le de sus partidos
