La magnitud de los fuegos en Madrid y Ávila ha obligado al Gobierno a declarar la emergencia de interés nacional y a solicitar ayuda internacional a través del Mecanismo Europeo de Protección Civil. La llegada de dos aviones Canadair CL-415 enviados por Grecia evidencia la solidaridad europea, pero también pone de manifiesto que España necesita recurrir a medios externos para afrontar una crisis de gran envergadura.
Resulta legítimo preguntarse si las políticas de gestión forestal desarrolladas en los últimos años han sido las más adecuadas. Numerosos expertos vienen advirtiendo de que la protección del medio ambiente no puede limitarse a prohibiciones o a una visión exclusivamente conservacionista. Los montes requieren limpieza, mantenimiento, aprovechamiento forestal sostenible y una reducción constante de la carga de combustible vegetal que se acumula durante años. Cuando estas labores son insuficientes, las olas de calor, la sequía y el viento convierten grandes extensiones forestales en auténticos polvorines.
Sin embargo, atribuir la catástrofe únicamente a una determinada política ecológica sería una simplificación excesiva. El cambio climático, el abandono rural, la despoblación y el aumento de fenómenos meteorológicos extremos son factores que también influyen de manera decisiva en la propagación de los incendios. La realidad exige un análisis más profundo y menos ideológico.
Mientras más de 1.100 efectivos de la UME y alrededor de 1.000 miembros de otros cuerpos trabajan para evitar la convergencia de los incendios de Madrid y Ávila, la prioridad inmediata es proteger vidas, viviendas y patrimonio natural. Pero una vez superada la emergencia, será imprescindible abrir un debate serio sobre la prevención, la gestión de los bosques y la capacidad de respuesta del Estado.
Los incendios de 2026 deberían servir como una llamada de atención. La verdadera política ecológica no consiste únicamente en preservar la naturaleza, sino también en gestionarla de forma activa y responsable para evitar que cada verano miles de hectáreas desaparezcan bajo las llamas. Sólo desde la prevención, la inversión en medios y una planificación forestal eficaz podrá España reducir la vulnerabilidad que hoy ha quedado nuevamente al descubierto.

