Sin embargo, cuando llega el invierno, la prevención desaparece del debate público. El resultado es una estrategia tan costosa como ineficaz: actuar cuando el monte ya está ardiendo.
El principal error de la política contraincendios ha sido convertir la extinción en el eje central de la gestión forestal. España dispone de más medios y tecnología que nunca, pero sigue acumulando millones de hectáreas de monte sin gestionar, con una enorme cantidad de combustible vegetal listo para arder en cuanto coinciden calor extremo, sequía y viento.
Los ejemplos recientes son reveladores. Los grandes incendios registrados en Castilla y León, Galicia, Asturias o Extremadura durante los últimos veranos han vuelto a poner sobre la mesa las mismas críticas: insuficiente gestión forestal, escasez de actuaciones preventivas y una coordinación cuestionada entre distintas administraciones. La magnitud de los fuegos ha acabado incluso provocando un intenso enfrentamiento político sobre la gestión de la emergencia y las responsabilidades de cada nivel administrativo.
A ello se suma una contradicción difícil de explicar. Mientras se multiplican los discursos sobre sostenibilidad y emergencia climática, miles de hectáreas permanecen abandonadas por el despoblamiento rural y la falta de rentabilidad de las actividades agrarias y ganaderas. Allí donde antes había cultivos, pastos y aprovechamientos forestales que actuaban como cortafuegos naturales, hoy predominan masas continuas de vegetación altamente inflamable.
La fragmentación competencial tampoco ayuda. Cuando se produce una gran emergencia, Gobierno central, comunidades autónomas y ayuntamientos suelen intercambiar reproches sobre medios, prevención y coordinación. Las recientes polémicas políticas en torno a la gestión de los incendios reflejan precisamente la dificultad de establecer una estrategia común y sostenida en el tiempo.
El cambio climático agrava el problema, pero no puede servir como excusa para ocultar errores de gestión. Las olas de calor son más frecuentes y los incendios más virulentos, pero eso hace aún más imprescindible una política preventiva ambiciosa. Cuando un incendio se convierte en incontrolable, el fallo no suele comenzar ese día, sino años antes, en la ausencia de limpieza forestal, planificación y ordenación del territorio.
La realidad es incómoda: la prevención ofrece pocos titulares y escaso rendimiento electoral. Un monte bien gestionado apenas se ve; un gran incendio ocupa portadas durante semanas. Por eso se sigue invirtiendo más esfuerzo político en apagar fuegos que en evitar que se produzcan.
España no tiene un problema de capacidad para combatir incendios. Tiene un problema de visión estratégica. Mientras la prevención continúe siendo la gran olvidada de la política forestal, cada verano volverá a repetirse la misma secuencia: llamas, evacuaciones, reproches institucionales y promesas de cambio que se extinguen tan rápido como el último fuego.

