El encuentro, que llega tras meses de tensión arancelaria extrema, buscó establecer una hoja de ruta que estabilice una relación comercial valorada en más de 700.000 millones de dólares anuales. Al término del primer día, Trump calificó las conversaciones de «extremadamente positivas y productivas» y formalizó una invitación a Xi y a su esposa Peng Liyuan para visitar la Casa Blanca el próximo 24 de septiembre, la primera vez que se fijaba una fecha concreta para ese encuentro en Washington. Las elecciones legislativas estadounidenses de noviembre y la necesidad china de estabilidad económica añadieron una presión política adicional a una negociación ya de por sí compleja.
La sombra de la última visita de Trump a China, en noviembre de 2017, planeó sobre toda la jornada. Entonces, Xi Jinping recibió al presidente estadounidense casi con honores imperiales, y ambos gobiernos anunciaron acuerdos comerciales por valor de 250.000 millones de dólares con gran despliegue mediático. «Meses después Trump anunció aranceles a electrodomésticos y paneles solares, posteriormente al acero y al aluminio, y una investigación por robo de propiedad intelectual», recordó Torrella Fajas, consejero delegado de Gesinter,. Para mediados de 2018, la guerra comercial entre los dos gigantes era total y el optimismo de aquella visita, un recuerdo lejano. Pekín recordó ese precedente durante toda la negociación actual, consciente de que las promesas de una cumbre no siempre se traducen en compromisos duraderos.
La primera señal de distensión en el ciclo actual llegó en mayo de 2025, cuando ambas delegaciones se sentaron en Ginebra y acordaron una reducción sustancial: Washington recortó sus aranceles del 145% al 30%, mientras que Pekín los redujo del 125% al 10%, con una suspensión inicial de 90 días. Aquel acuerdo de mínimos abrió la senda a la negociación celebrada esta semana en Pekín.
La negociación giró en torno a un intercambio estratégico de geometría variable: China utilizó su cuasi monopolio sobre las tierras raras como principal palanca, mientras Trump llegó a Pekín dispuesto a permitirle acceso a semiconductores avanzados estadounidenses clave para la inteligencia artificial. «Acuerdos sobre tierras raras, donde manda claramente China, a cambio de soja y maíz, o de compras a compañías americanas como Boeing», apuntó Torrella Fajas, quien considera ese trueque «el núcleo más viable de un eventual acuerdo». El anuncio más concreto lo protagonizó precisamente Boeing: 200 aviones, según confirmó Trump con un detalle revelador: Boeing quería 150, han conseguido 200″. El pedido, pendiente de ratificación formal por las aerolíneas chinas, pondría fin a una sequía de casi una década y supondría un balón de oxígeno para el fabricante, cuya consejera delegada Kelly Ortberg formó parte de la delegación en Pekín. La Administración Trump buscó además lanzar una Junta de Comercio bilateral para gestionar futuras diferencias y blindar lo acordado.Taiwán, Irán y las líneas rojas que ninguno puede cruzar
Más allá del comercio, la cumbre abordó los principales focos de tensión geopolítica global. Sobre Taiwán, Xi ha no ha cambiado de parecer: es innegociable, son posiciones históricamente inamovibles del gigante asiático. Pekín buscó una declaración institucional de Trump en la que se opusiese de alguna manera a la independencia de la isla, en un momento en que EEUU ha proyectado su influencia en Venezuela y lo intenta con Cuba, quizás a cambio de mejores acuerdos comerciales. La presión no fue menor: Trump llegó a Pekín con la sombra del mayor paquete de armas jamás aprobado para Taiwán, por valor de 11.000 millones de dólares, autorizado en diciembre, pero aún no suministrado, lo que convirtió este punto en uno de los más espinosos de toda la agenda.
En paralelo, el estrecho de Ormuz y el conflicto con Irán centraron otra parte del diálogo, con ambos líderes buscando que el flujo de transporte avance y desencalle una situación que ha puesto en jaque los mercados de medio mundo. Asuntos como el cambio climático o el tráfico de fentanilo completaron la agenda como gestos de buena voluntad, los llamados quick wins diplomáticos, avances modestos pero visibles que permitieron a ambos líderes regresar a casa con algo que mostrar a sus respectivas audiencias.
La cumbre se cerró con las imágenes de cordialidad esperadas entre ambos mandatarios, y los mercados respondieron con cautela positiva: los futuros de Wall Street avanzaron y las bolsas asiáticas cerraron al alza, con especial reacción en los sectores de materias primas, semiconductores y aviación comercial, directamente expuestos a los acuerdos discutidos. Para los gestores especializados en Asia, la cita abre una ventana de oportunidad en renta variable china y en compañías americanas con alta exposición al mercado asiático.

