La última de estas actuaciones tuvo lugar este mismo sábado Bustinduy no obvió el tema de la corrupción del PSOE que monopoliza la actualidad en su intervención en el tercer mitin de refundación de los partidos de Sumar, en Barcelona. Comenzó su intervención denunciando el “intento descarado por desmoralizarnos” y “convencernos de que lo mejor es resignarnos”, y dijo que “va a ser que no”, presumiendo de “la izquierda limpia, valiente, coherente. Malditos sean los corruptos por traicionar la voluntad popular, sean de donde sean”,
Y se quedó tan a gusto, pero es inevitable señalar la contradicción que emerge cuando el grupo de izquierda que respalda al PSOE en el gobierno, a pesar de su discurso progresista y de transparencia, termina tolerando prácticas y declaraciones que rozan la incoherencia.
Estas fuerzas, que han hecho de la lucha contra la corrupción y la defensa de la voluntad popular su bandera, parecen a menudo mirar hacia otro lado cuando se trata de los propios aliados. El silencio, la justificación o la tibieza ante comportamientos cuestionables han erosionado la credibilidad política de quienes prometían regeneración institucional.
La retórica encendida contra la corrupción pierde fuerza si no va acompañada de una exigencia interna rigurosa y de una autocrítica sincera, especialmente cuando se está cogobernando. En lugar de impulsar reformas profundas y transparencia real, estos grupos han optado, en demasiadas ocasiones, por priorizar la estabilidad gubernamental sobre los principios que proclamaron en las plazas y tribunas. Cuando la exigencia ética se aplica sólo al adversario y rara vez al socio, el resultado es un desencanto ciudadano que se traduce en desconfianza y apatía.
El deber de quienes se consideran alternativa política es demostrar, con hechos y no solo con palabras, que la autoridad moral es algo que se practica a diario, en cada decisión y en cada pacto. Sólo así podrán recuperar la legitimidad, y evitar que la crítica al poder se convierta en una simple pose, vacía de contenido y alejada de la realidad que demandan las personas. De lo contrario, la denuncia de la corrupción se convierte en un eco sin sustancia, y la voluntad popular queda traicionada por quienes, paradójicamente, se presentaban como guardianes de esa voluntad.
