Sin embargo, desde una perspectiva macroeconómica y de mercado, no es evidente que este giro geopolítico implique automáticamente un cambio en las perspectivas fundamentales. De hecho, históricamente, las crisis geopolíticas tienden a producir reacciones inmediatas, pero a menudo de corta duración, en los mercados. La incertidumbre inicial alimenta la volatilidad y las correcciones, pero una vez que la situación se estabiliza, incluso sin una resolución completa del conflicto, los inversores tienden a reabsorber el evento y a volver a centrar su atención en los fundamentos económicos. En este sentido, las fases de debilidad pueden convertirse en oportunidades de compra, especialmente para quienes mantienen un horizonte a medio-largo plazo.
El verdadero canal de transmisión macroeconómica sería la energía, y en particular las posibles interrupciones prolongadas en el flujo de petróleo a través del estrecho de Ormuz, enclave estratégico para el comercio mundial de crudo. No obstante, solo una parte relativamente pequeña, alrededor del 2 %, del petróleo que transita por esta vía se destina a Estados Unidos. Esto no significa que el riesgo sea insignificante a nivel mundial, pero sugiere que el impacto directo en la economía estadounidense podría ser más limitado de lo que la reacción inicial del mercado podría anticipar.
Otro elemento a tener en cuenta es la diferente sensibilidad de las clases de activos. Las tensiones geopolíticas suelen afectar con mayor intensidad a las renta variable, aumentando la volatilidad y comprimiendo temporalmente las valoraciones, mientras que la renta fija, especialmente los bonos de alta calidad, tienden a beneficiarse de los flujos hacia activos refugio. En otras palabras, la reacción no es uniforme: la turbulencia se concentra principalmente en la renta variable, mientras que los bonos pueden ofrecer una estabilización parcial de las carteras.
Por último, para modificar sustancialmente el escenario macroeconómico básico sería necesario que se produjera un cambio estructural y duradero en los precios de la energía. Solo una subida prolongada del petróleo, que afectara de manera significativa al consumo, los costes de producción y los márgenes empresariales, justificaría una revisión profunda de las perspectivas de crecimiento e inflación. Incluso en un escenario adverso, el encarecimiento sostenido del crudo tendría más probabilidades de actuar como freno al crecimiento, riesgo bajista para el ciclo, que como detonante de un nuevo régimen inflacionista estructural.
En resumen, pese a la gravedad del contexto geopolítico, conviene evitar conclusiones precipitadas: no toda escalada política se traduce necesariamente en una crisis macroeconómica duradera.

