Los bandazos, o golpes de efecto, que se suceden entre las distintas facciones revelan no solo la ambición de liderar el espacio de la extrema izquierda, sino también la incapacidad de superar las diferencias históricas y de proyecto. En este contexto, la aparición de la nueva pareja de baile formada por Gabriel Rufián e Irene Montero añade una dosis extra de incertidumbre y espectáculo al tablero político.
No es la primera vez que la izquierda progresista intenta articular un frente común. Basta recordar la coalición entre Podemos e Izquierda Unida en las elecciones generales de 2016, bajo el nombre de “Unidos Podemos”, que buscaba superar el aislamiento electoral y consolidar una alternativa al PSOE. Más tarde, “En Comú Podem” en Cataluña y “Compromís-Podemos” en la Comunidad Valenciana apostaron por fórmulas territoriales para fortalecer el bloque progresista.
Sin embargo, las tensiones internas y la falta de acuerdo sobre liderazgos, estrategias y discursos hicieron que estos proyectos quedaran lejos de las expectativas iniciales.
A esto se sumó la experiencia de “Más País”, lanzada por Íñigo Errejón en 2019 como una alternativa transversal y ecológica. Aunque prometía renovar el espacio político, la realidad fue que la fragmentación se agravó y los resultados electorales no lograron consolidar una nueva referencia. Más recientemente, Sumar, impulsado por Yolanda Díaz, intentó reunir a múltiples sensibilidades progresistas, pero el desencuentro con Podemos y la dificultad para integrar a otras formaciones como Izquierda Unida o Más Madrid han hecho que el proyecto se enfrente a la misma dispersión que sus antecesores.
La iniciativa de Rufián y Montero, bajo el lema «¿Qué hay que hacer?», simboliza ese deseo de protagonismo y de dar el primer golpe en la construcción de una nueva izquierda al margen del PSOE. Sin embargo, el hecho de que el acto no cuente con la presencia de Sumar, Izquierda Unida o Más Madrid, ni de otros partidos relevantes, evidencia el aislamiento de este tándem y la dificultad de articular una alianza realmente plural. A pesar de sus esfuerzos por mostrarse como un equipo sólido y dispuesto a «ganar a la derecha», las declaraciones evasivas de Montero sobre posibles alianzas alimentan la percepción de que la unidad sigue siendo un reto lejano.
La relación entre Rufián y Montero, sustentada en un idilio político y en el valor de sus marcas personales, refleja la tendencia de la izquierda a buscar liderazgos individuales más que proyectos colectivos. Ambos, con peso propio pero sin liderar sus partidos, intentan capitalizar la crisis interna de sus formaciones y la debilidad de Podemos, que atraviesa uno de sus peores momentos tras la desaparición de varios parlamentos autonómicos. El apoyo explícito de Rufián a Podemos, calificándola de «formación política imprescindible», contrasta con el distanciamiento de otras fuerzas y confirma el carácter sectario del nuevo frente.
Por tanto, el nacimiento de este nuevo espacio de la izquierda no solo es fruto de la división, sino que la perpetúa. El acto previsto en Barcelona el 9 de abril, con la participación de Xavier Domenech, será una prueba de fuego para medir la capacidad de estos líderes de atraer a otras fuerzas y construir un proyecto inclusivo. De momento, la exclusión de representantes clave y la falta de consenso auguran que la izquierda seguirá bailando al ritmo de sus propias discordias, mientras la derecha observa el espectáculo desde la barrera.

