Sin embargo, la realidad que viven millones de familias es muy distinta. Para una parte cada vez más amplia de la población, llegar a fin de mes se ha convertido en un ejercicio de resistencia.
El problema es sencillo de explicar: los salarios avanzan, pero no al mismo ritmo que los precios. La inflación acumulada de los últimos años ha erosionado el poder adquisitivo de los trabajadores hasta el punto de que muchos hogares pueden comprar hoy menos bienes y servicios que antes de la pandemia. Cada visita al supermercado es un recordatorio de esa pérdida de capacidad de compra.
La cesta de la compra se ha convertido en uno de los principales focos de preocupación. Productos básicos como frutas, verduras, huevos, pescado o legumbres han experimentado subidas significativas. Alimentarse de forma saludable, algo que debería ser accesible para cualquier ciudadano, empieza a resultar cada vez más difícil para las rentas medias y bajas. No es casualidad que muchas familias lleguen a la última semana del mes ajustando gastos, reduciendo compras o renunciando a productos que antes formaban parte de su consumo habitual.
A esta situación se suman otros costes que tampoco dejan de crecer: la vivienda, la energía, los suministros o los carburantes. El resultado es una sensación generalizada de empobrecimiento. Aunque los salarios nominales sean mayores, el dinero dura menos y el margen para ahorrar prácticamente ha desaparecido.
El riesgo es que esta pérdida continuada de poder adquisitivo termine consolidando una brecha social cada vez más profunda entre quienes pueden absorber el aumento del coste de la vida y quienes destinan la mayor parte de sus ingresos a cubrir necesidades básicas. Cuando trabajar ya no garantiza una vida desahogada, el problema deja de ser económico para convertirse también en una cuestión social.
La prioridad debería ser recuperar el poder de compra de los salarios y contener aquellos costes que pesan más sobre las familias. Porque detrás de cada dato de inflación hay una realidad incontestable: miles de hogares que, después de pagar la hipoteca o el alquiler y llenar la nevera, descubren que apenas queda dinero para terminar el mes con tranquilidad.
