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  Opinión  Firmas  Perspectivas para la segunda mitad de 2026
Firmas

Perspectivas para la segunda mitad de 2026

Estamos ante uno de los momentos más complejos de política monetaria de las últimas décadas. Durante meses, el mercado asumió que la inflación estaba controlada, que los bancos centrales habían ganado la batalla y que el siguiente movimiento natural serían bajadas de tipos. La realidad es otra.

José Manuel Marín Cebrián, analista financiero y fundador de FortunaJosé Manuel Marín Cebrián, analista financiero y fundador de Fortuna—7 de julio de 20260
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El Banco Central Europeo acaba de subir los tipos por primera vez desde 2023, situando la facilidad de depósito en el 2,25% tras un largo ciclo de recortes y pausa, mientras la Reserva Federal mantiene los tipos en la horquilla del 3,50%-3,75% con la economía americana aguantando mejor de lo previsto. En este contexto, los bancos centrales se enfrentan a un dilema que puede resumirse en la imagen de un conductor con dos pedales contradictorios: el pedal del crecimiento y la deuda les exige bajar tipos para aliviar la financiación empresarial, el consumo y el enorme coste de la deuda pública; el pedal de la inflación les obliga a mantenerlos altos o incluso a considerar nuevas subidas, porque los factores que presionan los precios no han desaparecido.
La reindustrialización, los aranceles, la fragmentación comercial, el gasto en defensa, la transición energética y la presión sobre las materias primas configuran un entorno estructuralmente diferente al de la década pasada, que fue deflacionaria. La próxima puede no serlo. De hecho, el mercado ya se ha mostrado demasiado optimista descontando bajadas rápidas. El BCE ha optado por endurecer su política antes de lo previsto, con la primera subida de tipos desde 2023, y no descarta nuevos ajustes en julio si la inflación, que repuntó al 3,2% por el shock energético derivado del conflicto en Oriente Próximo, vuelve a tensionarse. La Reserva Federal, por su parte, tiene sobre la mesa un escenario todavía más complejo, con una economía fuerte, una inflación persistente del 4,2% y una deuda histórica que la condena a buscar el alivio de tipos que, sin embargo, no puede permitirse si quiere evitar reactivar la presión de los precios.
El mensaje de dependencia de datos que repiten los bancos centrales es también una forma elegante de reconocer que el mapa ha cambiado y que están recalculando la ruta. Un banco central puede subir tipos, pero no puede fabricar petróleo, abrir una mina de cobre, construir viviendas o resolver una guerra comercial. Gran parte de la inflación actual proviene de cambios estructurales y no de un exceso de demanda puntual, y eso limita radicalmente la eficacia del instrumento convencional.

Inflación: desinflación estadística frente a realidad estructural
Existe una confusión muy habitual, que es pensar que porque la inflación baja, los precios bajan. No es así. Que un coche pase de circular a ciento ochenta kilómetros por hora a circular a cien no significa que esté dando marcha atrás; sigue avanzando, simplemente más despacio. Con la inflación ocurre exactamente igual. Hemos pasado de inflaciones extraordinariamente elevadas a niveles más moderados, pero los precios acumulados de los últimos años siguen ahí. Por eso muchas familias escuchan que la inflación está controlada y siguen sin entender por qué la cesta de la compra les sale igual de cara. Y con razón, porque frenar el ritmo de subida no significa recuperar el terreno perdido.
Hay además factores estructurales que hacen difícil volver al mundo anterior de inflación ultrabaja. Durante treinta años vivimos una tormenta perfecta que reducía precios, en un contexto de globalización, producción en países de mano de obra barata, abundancia energética, paz geopolítica y tipos de interés en mínimos. Ahora muchas de esas fuerzas se han revertido. Identifico cuatro grandes motores inflacionarios que actuarán durante los próximos años.
El primero es la desglobalización. Durante décadas la pregunta era dónde producir más barato; ahora la pregunta empieza a ser dónde producir de forma más segura. Traer cadenas de producción de vuelta a Europa o a Estados Unidos puede ser necesario estratégicamente, pero no será gratis. El segundo motor es la transición energética, que requiere cantidades enormes de cobre, plata, litio, infraestructuras y redes eléctricas. El tercer factor es el envejecimiento poblacional, que en Europa se traduce en más pensionistas, mayor gasto sanitario y menos contribuyentes activos sosteniendo el sistema. El cuarto es el incremento del gasto en defensa, que supone más inversión pública en un mundo ya muy endeudado, con consecuencias inevitables sobre el nivel de precios.
A esta presión de fondo se suma un factor cambiario, ya que el dólar se ha fortalecido en los últimos meses, con implicaciones directas sobre la inflación importada en Europa y en los mercados emergentes. El dólar es mucho más que una moneda. Ha sido el gran activo refugio mundial, y el reciente repunte, apoyado en el tono firme de la Reserva Federal y en la fortaleza de la economía americana, lo confirma. Sin embargo, estamos viendo cambios de fondo, con muchos bancos centrales diversificando reservas y aumentando su exposición a otros activos como el oro. Un dólar más fuerte tiene varias lecturas. Para Europa tiene consecuencias directas, porque buena parte de las materias primas se negocian en dólares, y si el euro se deprecia frente al billete verde, comprar energía o materias primas resulta más costoso, alimentando precisamente esa inflación importada. Pero el movimiento de fondo es más profundo, ya que estamos viendo un mundo que empieza a cuestionar la concentración excesiva en una única moneda, igual que desde Fortuna SFP defendemos diversificar una cartera.

En España, el diagnóstico tiene una dimensión adicional. España crece entorno al 2,2%-2,7% y lidera la eurozona, con turismo fuerte, mercado laboral resistente e inversión extranjera. Sin embargo, una cosa es la macroeconomía y otra la economía de la mesa de una familia. El PIB se mira desde un despacho; la inflación real se nota empujando un carrito de supermercado. El IPC es una media, pero nadie consume una media. Cada hogar tiene su propia inflación en función de su exposición a vivienda, hipoteca, alquiler, alimentación, transporte y energía. En muchos casos, el poder adquisitivo del español medio no ha recuperado lo perdido entre 2021 y 2023. La inflación funciona como un impuesto silencioso. Nadie recibe una carta comunicando que ha perdido un quince por ciento de capacidad adquisitiva. Simplemente ocurre.

Renta fija: las etiquetas engañan
El primer punto en materia de renta fija es romper una idea que ha hecho mucho daño al inversor particular: renta fija no significa rentabilidad fija. Su denominación es probablemente uno de los grandes errores comerciales de la industria financiera, porque transmite una sensación de seguridad que no siempre existe. En inversión no debemos preguntarnos cómo se llama algo, sino qué tenemos realmente debajo. Cuando se compra renta fija, lo que se hace básicamente es prestar dinero. La pregunta pertinente no es otra que esta: ¿a quién presto, durante cuánto tiempo, a qué precio y con qué riesgo?
No es lo mismo deuda soberana, deuda corporativa de alta calidad, deuda financiera o high yield. Meter todo dentro del mismo saco es un error analítico de primer orden. Nuestra visión prudente sobre renta fija parte de reconocer que el mundo actual es muy diferente al de hace años. En el pasado, la renta fija se benefició de un viento de cola extraordinario: tipos cada vez más bajos hacían que los bonos ya emitidos subieran de precio. Ese ciclo puede no repetirse. Nos encontramos ante un escenario con inflación más persistente, deuda pública en niveles récord, mayor gasto en defensa, transición energética en curso y fragmentación comercial creciente. Quizá los tipos cero fueron la excepción histórica y no la normalidad.
El principal riesgo lo vemos en la duración larga. Cuanto más lejos está el vencimiento, más sensible es la cartera a los movimientos de tipos. Muchos inversores aprendieron esto en 2022, cuando descubrieron que un activo que consideraban conservador podía sufrir caídas muy severas. El bono a largo plazo compromete al inversor durante muchos años con una rentabilidad concreta y, si el mundo cambia, ese contrato puede dejar de ser atractivo. Vemos más sentido en las duraciones cortas, que permiten adaptarse mejor en un entorno incierto; en la deuda corporativa de alta calidad y muy selectiva, dado que hoy existen compañías con balances más saneados que algunos Estados; y en los instrumentos ligados a la inflación, que pueden actuar como cobertura si la inflación se mantiene más elevada de lo que espera el consenso. Respecto al high yield, conviene recordar que no existe rentabilidad extra gratuita, ya que si alguien paga más por pedir prestado, normalmente es porque existe un motivo.
Para que la renta fija tradicional volviera a ser extremadamente atractiva, necesitaríamos un escenario claro de inflación controlada de forma estructural, bancos centrales bajando tipos de manera agresiva y menor presión sobre la deuda pública. Ahora mismo no estamos seguros de estar ahí. El debate que estamos viendo apunta precisamente en la dirección contraria.

Estrategia de inversión: preparar el patrimonio para distintos escenarios
El principio fundamental que debe guiar la estrategia inversora en este entorno es dejar de intentar predecir el futuro y empezar a preparar el patrimonio para distintos escenarios. El gran error del inversor particular es pensar que invertir consiste en acertar qué va a pasar mañana. Nadie tiene una bola de cristal. La planificación financiera consiste en construir una cartera capaz de sobrevivir cuando esa bola de cristal falla. Venimos de una década excepcional en la que tipos al cero, bancos centrales inyectando liquidez, inflación prácticamente inexistente y globalización reduciendo costes creaban un mundo donde muchas estrategias funcionaban simplemente porque la marea subía. Ahora la marea está cambiando.
Creemos que el inversor debe dejar atrás la idea clásica de diversificación basada únicamente en activos financieros. El futuro pasa por tres grandes pilares. El primero es la inversión en renta variable y renta fija con criterio, priorizando empresas de calidad, sectores con crecimiento real y gestión activa. El segundo son los activos tangibles, es decir, activos que no dependen exclusivamente de la promesa de pago de un tercero. El tercero es la economía real, entendida como la participación en tendencias estructurales donde confluyen inversión, necesidad y demanda. Tener muchos productos no significa estar diversificado. Se pueden tener diez llaves distintas, pero si todas abren la misma puerta, cuando esa puerta se cierre se tiene un problema.
El gran aprendizaje de los últimos ciclos, el de 2020, el de 2022 y el de 2024, es que los compartimentos estancos en inversión, no funcionan. Durante muchos años se vendió una idea demasiado simplista, según la cual el inversor joven debe invertir en renta variable y el inversor maduro debe invertir en renta fija. La realidad es más compleja. El año 2022 fue una gran lección para muchos inversores, que vieron caer simultáneamente renta variable y renta fija, algo que teóricamente no podía ocurrir. El mundo cambia y las carteras tienen que evolucionar con él. Hace cinco años una cartera tradicional podía tener sentido; hoy creemos que hay que incorporar más activos descorrelacionados, más protección frente a la inflación, más exposición a activos reales y más selección. No vivimos tiempos para ir en piloto automático.

Cuando la carretera está despejada, cualquiera puede conducir; cuando hay niebla, es cuando se necesita un buen copiloto.
La distinción entre volatilidad y riesgo es fundamental y, sin embargo, está entre las más malentendidas de la industria financiera. La volatilidad es movimiento; el riesgo es pérdida permanente. Un avión tiene turbulencias durante el vuelo y nadie piensa que por eso se va a estrellar. El problema no son las turbulencias; el problema es no saber dónde aterriza el avión. Una buena compañía puede caer temporalmente un veinte por ciento por miedo de mercado y seguir creando valor, mientras que un activo aparentemente tranquilo puede esconder mucho más riesgo si implica perder poder adquisitivo por inflación, asumir deuda de baja calidad o concentrar todo el patrimonio en un único activo. En Fortuna SFP no buscamos eliminar la volatilidad, que es imposible, sino controlar los riesgos que pueden destruir patrimonio de forma permanente.
Entre los riesgos que el mercado puede estar infravalorando en el segundo semestre, señalo cinco. El primero es que los tipos altos hayan venido para quedarse más tiempo del que el mercado descuenta. El segundo es el riesgo de la deuda soberana, el elefante en la habitación. El tercero es la geopolítica y la fragmentación del comercio mundial: durante treinta años vivimos la globalización del «justo a tiempo»; ahora vamos hacia un mundo basado en el «por si acaso», y esa seguridad tiene un coste. El cuarto es la concentración excesiva de los mercados, con muchos inversores que creen estar diversificados cuando en realidad dependen de pocas compañías, un mismo sector o una misma temática. El quinto es el exceso de confianza en la liquidez: en un entorno con inflación persistente, los bancos centrales tienen menos libertad para apagar incendios con más dinero, porque echar demasiada agua puede despertar de nuevo la inflación.

Renta variable: selección frente a inercia
Mantenemos una posición sobreponderada en renta variable porque las empresas siguen siendo probablemente uno de los mejores activos reales a largo plazo. Es necesario desmontar una falsa creencia muy extendida sobre si algo cotiza en máximos históricos significa que está caro. No necesariamente. Las grandes compañías del mundo suelen vivir cerca de máximos históricos precisamente porque generan beneficios crecientes año tras año. La pregunta importante no es dónde cotiza un índice, sino qué se está comprando y cuánto se está pagando por ello. Dicho esto, no podemos negar que existen excesos. Estamos en un mercado claramente en modo de apetito por el riesgo, con mucha liquidez buscando rentabilidad, fuertes expectativas sobre la inteligencia artificial y resultados empresariales sólidos. Una buena compañía puede subir precios, adaptarse a la inflación, innovar y crecer globalmente. El mercado de los últimos años ha premiado la inversión pasiva; creemos que el nuevo ciclo será más exigente y que toca selección.
En el IBEX 35, la banca ha sido el gran motor de los últimos años y tiene sentido, el tránsito de tipos cero a tipos positivos supuso una mejora enorme de márgenes. Si los tipos permanecen más altos durante más tiempo, la banca puede seguir teniendo viento de cola. Sin embargo, no podemos invertir mirando por el retrovisor. Hay que vigilar el aumento de la morosidad, la posible desaceleración económica y la presión regulatoria. En utilities e infraestructuras vemos sentido estructural porque el mundo necesita invertir cantidades enormes en redes eléctricas, energía, digitalización y centros de datos. La inteligencia artificial también necesita enchufarse.
Europa lleva años cotizando con descuento frente a Estados Unidos. La pregunta es si está barata o si merece estar barata. Durante mucho tiempo parte de ese descuento estaba justificado por menor crecimiento, menor innovación y más regulación. Creemos, sin embargo, que hay áreas donde Europa puede tener una oportunidad interesante, especialmente en tres grandes bloques. El primero es la defensa: el nuevo escenario geopolítico obliga a aumentar la inversión tras décadas de externalización de la seguridad. El segundo es la infraestructura: la reindustrialización europea necesita fábricas, energía, transporte y digitalización. El tercero es la energía, donde la independencia energética se ha convertido en una prioridad estratégica junto a la transición. Europa puede ser una oportunidad, pero siendo muy selectivos. No se trata de comprar Europa porque está barata, sino de comprar aquello que puede hacer que Europa vuelva a crecer.
Estados Unidos sigue siendo el mayor ecosistema empresarial del mundo, y un precio más elevado no equivale a que no merezca estar en cartera. Sin embargo, existe un riesgo evidente de concentración. Así, muchos inversores creen tener exposición a la economía americana cuando en realidad tienen una exposición enorme a unas pocas compañías tecnológicas. La inteligencia artificial es una revolución real, no futura. Pero la historia no ha enseñado que la tecnología puede cambiar el mundo y algunos inversores perder dinero si pagan cualquier precio. Preferimos compañías de calidad con beneficios reales, ventajas competitivas y negocios ligados a la infraestructura de la inteligencia artificial. En una fiebre del oro no siempre gana quien busca oro; muchas veces gana quien vende las palas.
Respecto a los mercados emergentes, es necesario dejar de verlos como un bloque único. Decir «emergentes» es como decir «Europa»: no tiene nada que ver Alemania con Grecia, ni India con China. Vemos oportunidades en economías con crecimiento demográfico, aumento de clase media, consumo interno e industrialización. India es probablemente una de las historias estructurales más interesantes por su población joven, su digitalización y su crecimiento económico. Latinoamérica tiene atractivo especialmente por recursos naturales. En un mundo que necesita materias primas, quien tiene recursos estratégicos tiene poder. Respecto a China, somos más prudentes por la incertidumbre regulatoria, el riesgo geopolítico y el envejecimiento poblacional. Y siempre hay que recordar que en los mercados emergentes no solo se invierte en empresas, también se invierte en moneda, política y seguridad jurídica.

Activos reales: oro, plata, cobre e inmobiliario
El oro ha vivido una corrección significativa desde los máximos históricos del primer trimestre y cotiza hoy en el entorno de los 4.000 dólares por onza, tras caer cerca de un catorce por ciento en el segundo trimestre. Y la pregunta que muchos se hacen es si esta corrección invalida la tesis. Como me gusta repetir, la última peseta para otro. Nunca hay que perseguir un activo simplemente porque está subiendo, pero tampoco hay que abandonarlo simplemente porque corrija. La clave es preguntarse por qué estaba subiendo y si esas razones siguen vigentes. En el caso del oro, creemos que la respuesta es estructural y no especulativa. La corrección actual responde a factores tácticos, un dólar fuerte y expectativas de subidas de tipos de la Fed, no a un cambio en los fundamentos de fondo. Los grandes refugios tradicionales han sido el dólar americano, la deuda pública y la liquidez. Hoy muchos inversores institucionales empiezan a cuestionar esas certezas. Si los Estados tienen cada vez más deuda y las monedas pueden emitirse sin límite, tiene sentido que determinados actores quieran exposición a un activo que nadie puede imprimir. El oro no es una inversión para hacerse rico; es un seguro para no empobrecerse.
Los tres argumentos más sólidos que sostienen la tesis del oro son los siguientes. En primer lugar, las compras de bancos centrales: muchos países están diversificando reservas y no es casualidad que los bancos centrales estén aumentando su exposición; cuando los mayores emisores de moneda compran un activo que no pueden imprimir, conviene preguntarse por qué. En segundo lugar, la deuda y la pérdida de confianza monetaria: históricamente, una forma de reducir deuda ha sido mediante la inflación, pero esa solución tiene un perjudicado claro que es el ahorrador. En tercer lugar, la incertidumbre geopolítica: el oro no depende de la solvencia de nadie, no es la deuda de otro y no necesita que alguien cumpla una promesa. Los riesgos que podrían tumbar esta tesis son una fuerte subida de los tipos reales, ventas masivas por necesidad de liquidez o un exceso especulativo de corto plazo. Por eso defendemos acumulación estratégica y no comprar por moda.
A corto plazo, no sería descartable que el oro continúe mostrando volatilidad o un comportamiento lateral, en un mercado dominado por factores de liquidez, la fortaleza del dólar y la evolución del precio del crudo. Sin embargo, el escenario de medio y largo plazo sigue apoyando su papel estratégico. La combinación de deuda global elevada, compras estructurales por parte de bancos centrales, presiones inflacionistas persistentes y tipos reales potencialmente negativos configura un entorno favorable para el metal. El oro no está actuando como refugio táctico inmediato en esta fase del ciclo, pero mantiene intacto su papel como activo de protección estructural. Más que una señal de debilidad, su comportamiento actual refleja un entorno de estrés en el que la liquidez y el dólar dominan el corto plazo.
La plata tiene dos almas: es metal precioso y metal industrial. Comparte parte de la tesis del oro como protección, pero además tiene demanda ligada a la energía solar, la electrificación, la tecnología y la industria. La transición energética necesita materiales físicos. La nube parece algo intangible, pero detrás de la inteligencia artificial hay centros de datos, electricidad, chips, cables y metales. El mundo digital necesita un mundo físico que lo sostenga. El cobre es probablemente uno de los mejores termómetros de hacia dónde va el mundo. Para electrificar coches, construir redes eléctricas, desarrollar inteligencia artificial, aumentar centros de datos y reindustrializar Occidente, necesitamos cobre.
Dentro del bloque de metales preciosos conviene distinguir también el papel del platino y el paladio, más vinculados a la evolución de la actividad industrial y a determinados procesos de la transición energética, lo que introduce una dinámica distinta dentro del universo de los metales preciosos. Junto a ellos destaca otro activo menos conocido y que históricamente ha desempeñado un papel relevante en contextos de inestabilidad: los diamantes de inversión. Al igual que el oro, son activos físicos, escasos y que no dependen de la solvencia de ningún emisor, pero presentan además características propias que explican su interés dentro de determinadas estrategias patrimoniales.

La primera es su elevada densidad de valor, ya que un diamante de alta calidad puede concentrar decenas o incluso cientos de miles de euros en una pieza de apenas unos milímetros, lo que históricamente lo ha convertido en una forma eficiente de preservar patrimonio en situaciones de crisis, conflictos o desplazamientos de capital. A ello se suma una oferta estructuralmente limitada, ya que el descubrimiento de nuevos yacimientos ha sido muy reducido en las últimas décadas, mientras que muchas de las minas más relevantes se encuentran ya en fases de maduración o declive productivo. Por último, la demanda continúa mostrando una tendencia estructuralmente creciente, especialmente en Asia, donde el diamante mantiene un importante componente cultural y patrimonial. Por estas razones, los diamantes no deben analizarse como una materia prima cíclica tradicional, como ocurre con el petróleo o el cobre, sino como una reserva de valor alternativa dentro del conjunto de activos tangibles, que suele encajar como complemento dentro del bloque de activos refugio, con un peso orientativo de entre el cinco y el diez por ciento dentro de la asignación total a materias primas.
En términos de asignación, el peso de las materias primas dentro de la cartera debe adaptarse al perfil de riesgo del inversor. Un perfil conservador podría situar su exposición en torno al 10% o el 15% del patrimonio, principalmente con una función defensiva. En perfiles moderados, el peso podría moverse en un rango aproximado del 15% al 25%, combinando protección frente a riesgos macroeconómicos con oportunidades de ciclo. Para perfiles más agresivos, la exposición podría alcanzar entre el 25% y el 35%, incorporando además energía y metales industriales. En un entorno en el que la renta fija ha perdido parte de su capacidad tradicional de protección frente a determinados shocks macroeconómicos, las materias primas vuelven a desempeñar ese papel de seguro dentro de la cartera.

En materia de acceso a estos activos, hay que diferenciar invertir en el precio del metal de invertir en negocios relacionados. Oro físico, ETF de réplica física, derivados y compañías mineras no son lo mismo, y cada vehículo tiene riesgos diferentes. La mayoría de los ETF, ETC o fondos de materias primas no compran directamente el activo físico, lo que el inversor adquiere habitualmente son contratos de futuros, acciones de compañías del sector, como mineras, petroleras o empresas agrícolas, o estructuras financieras derivadas vinculadas al precio del recurso, lo que introduce un perfil de riesgo distinto al de poseer la materia prima en sí. El caso de las mineras es especialmente ilustrativo: quien compra un fondo de mineras no adquiere oro, plata o cobre, sino participaciones en empresas expuestas además a costes energéticos, regulación, estructura de deuda y riesgos operativos. Este tipo de compañías suele ofrecer cierto apalancamiento operativo, de forma que cuando el precio del metal sube, sus beneficios pueden crecer a un ritmo superior, lo que las convierte en una forma eficaz de capturar las fases alcistas del ciclo, aunque en ese caso ya se trata de renta variable sectorial y no de una exposición directa a la materia prima. A esta complejidad se añade, en muchos ETF de materias primas, el fenómeno del contango: dado que estos vehículos replican el precio a través de contratos de futuros, deben vender los contratos que vencen y comprar otros con vencimientos posteriores, y cuando el mercado está en contango esos nuevos contratos suelen ser más caros, lo que erosiona progresivamente la rentabilidad y explica por qué muchos de estos productos no replican con precisión el comportamiento del precio real a largo plazo. Lo que resulta fundamental, en cualquier caso, es entender qué se tiene realmente, porque muchas veces el inversor cree poseer un activo cuando en realidad tiene una promesa sobre ese activo. En el entorno actual, creemos que los activos reales deben tener un papel estructural mayor que en la última década.
Respecto al mercado inmobiliario, España siempre ha tenido una relación muy emocional con la vivienda y durante generaciones se ha transmitido la idea de que el ladrillo nunca baja. Es necesario separar dos conceptos distintos: comprar una vivienda e invertir en inmobiliario. El inmobiliario ha sido, es y seguirá siendo una parte importante en la construcción patrimonial, como activo tangible ligado a la economía real con historial probado de protección frente a la inflación. Pero eso no significa que cualquier inmueble, comprado a cualquier precio, sea una buena inversión. El problema del inversor español no es que le guste el ladrillo; el problema es que muchas veces todo su patrimonio es ladrillo. Y eso no es inversión, sino concentración. En el horizonte de dos a tres años, el desequilibrio entre mucha demanda y poca oferta hace difícil pensar en grandes ajustes generalizados, aunque pueden existir mercados concretos donde las valoraciones se hayan tensionado en exceso. No existe «el mercado inmobiliario español»: existen muchos mercados inmobiliarios dentro de España.

Tiene sentido, además, combinar el inmobiliario directo con vehículos como las SOCIMIs o los fondos inmobiliarios para ganar diversificación y liquidez, porque solucionan algunos de los problemas del inmobiliario tradicional. Cuando se compra un piso, se tiene un activo, una ubicación, un inquilino y una regulación concreta. Todo depende de una única carta. A través de vehículos diversificados es posible acceder a diferentes sectores, países y tipos de inmueble. Eso sí, hay que entender qué se compra. La liquidez tiene valor, pero también cambia el comportamiento del activo.

Private equity: la liquidez como variable central
El capital privado afronta su primera prueba real de liquidez en un momento especialmente sensible del ciclo. Las solicitudes de reembolso, que ya superaron los diez mil millones de dólares en el primer trimestre, se han mantenido elevadas a lo largo de todo el primer semestre, con varios de los mayores gestores del sector recibiendo peticiones de retirada muy por encima de los límites habituales. Esto ha obligado a estas firmas a mantener, e incluso en algún caso a ampliar ligeramente, los topes de reembolso durante los dos primeros trimestres del año, poniendo en evidencia una de las principales tensiones estructurales de este mercado. Durante años, el crecimiento del crédito privado ha estado impulsado por un entorno de tipos bajos, una regulación bancaria más exigente y una búsqueda intensa de rentabilidad por parte del inversor. Ese contexto permitió que se consolidara como una alternativa atractiva dentro de las carteras, pero también favoreció el desarrollo de estructuras que combinan activos claramente ilíquidos, como los préstamos privados, con vehículos que ofrecen ventanas de liquidez periódica.
El punto crítico es que esa liquidez no es estructural, sino contingente. Mientras las entradas de capital compensan las salidas, el sistema funciona, pero cuando las retiradas se concentran, la liquidez desaparece como opción real, y es entonces cuando se activan los mecanismos de limitación de reembolsos, los conocidos «gates», y lo que parecía liquidez se revela como lo que realmente es, una promesa condicionada. El capital privado no tiene un problema de rentabilidad, tiene un problema de liquidez, y solo se hace visible cuando el inversor quiere salir. A esta fragilidad estructural se suma el cambio de régimen monetario. El crédito privado se ha beneficado de un entorno excepcionalmente favorable, con costes de financiación muy bajos y refinanciaciones accesibles. Hoy el escenario es distinto, con tipos de interés más altos durante más tiempo, empresas más endeudadas y condiciones de refinanciación más exigentes. Esto no implica necesariamente un repunte inmediato de impagos, pero sí introduce un riesgo más complejo y menos visible, ya que no solo aumentan los defaults potenciales, sino también los defaults diferidos, aquellos que todavía no aparecen en las estadísticas pero que empiezan a acumularse en el sistema.
Todo ello encaja en un contexto macro en el que la liquidez global se está reduciendo de forma progresiva. Estados Unidos afronta un volumen muy elevado de refinanciaciones, Europa mantiene un crecimiento débil y los bancos centrales siguen atrapados entre la inflación y el riesgo de desaceleración. En este entorno, la liquidez deja de ser abundante y pasa a ser selectiva. Más allá del crédito privado, lo relevante es la señal que se envía al conjunto de los activos alternativos ilíquidos, ya que segmentos como el capital privado, las infraestructuras o el inmobiliario no cotizado comparten dinámicas similares, y el mercado empieza a cuestionar hasta qué punto esas primas de iliquidez compensan los riesgos asumidos en un entorno menos complaciente. En este nuevo escenario, la liquidez recupera su papel como variable central en la construcción de carteras, porque, en última instancia, es en los momentos de tensión cuando se hace evidente la diferencia entre el valor en papel y el dinero disponible.

Invertir no es para ricos: tres perfiles, tres carteras
Antes de entrar en los perfiles conviene resolver una pregunta de base: desde qué cantidad tiene sentido empezar a construir una cartera real, y si existe un mínimo por debajo del cual lo prudente es simplemente ahorrar primero. Esta pregunta es clave porque existe una falsa creencia muy extendida, la de pensar que ya se invertirá cuando se tenga dinero. Normalmente funciona justo al revés, la gente que construye patrimonio suele tener dinero precisamente porque empezó a invertir. El primer paso siempre debe ser ordenar, lo que implica controlar ingresos y gastos, crear un colchón de seguridad, proteger los riesgos importantes y, solo entonces, empezar a invertir. No se necesita ser rico para invertir; se necesita invertir con criterio para construir patrimonio. Las finanzas no son solo para ricos.
Para el perfil de inversor de veinticinco años, con un horizonte largo y una capacidad de ahorro limitada pero con el tiempo a favor, el mayor activo no es el dinero, sino el tiempo. Un joven normalmente piensa que empezará a invertir cuando gane más, pero al hacerlo pierde el ingrediente más poderoso, que son los años. En este perfil tiene sentido una mayor exposición a crecimiento, renta variable global, aportaciones periódicas, aprovechar la volatilidad en lugar de temerla y, sobre todo, construir hábitos de inversión sostenidos en el tiempo. El error que debe evitarse es buscar hacerse rico rápido, porque el dinero rápido normalmente termina marchándose con la misma rapidez con la que llegó.
El perfil de inversor de cincuenta años responde a otra realidad, la de quien cuenta con más capital acumulado pero también con más obligaciones, y debe encontrar el equilibrio entre crecimiento y preservación. Los cincuenta suelen ser la década clave, porque normalmente coinciden mayores ingresos, más patrimonio acumulado y menos tiempo para corregir errores. Aquí la palabra clave es ordenar. Muchas personas llegan a esta etapa con un cajón lleno de productos dispares, un fondo del banco, un plan de pensiones antiguo, un piso, algo de liquidez, pero sin estrategia de conjunto. Es el momento de pasar de acumular productos a construir patrimonio.
El perfil de inversor de sesenta y cinco años, en la jubilación o recién jubilado, suele plantear la pregunta de si el objetivo ya no es crecer sino no perder, y qué papel juegan entonces los activos reales y el inmobiliario. Este es otro mito que conviene desmontar, porque jubilarse no significa dejar de invertir. Una persona que se jubila hoy puede tener por delante veinte, veinticinco o incluso treinta años. El riesgo no es solo perder dinero, sino también que el dinero sobreviva menos que nosotros, ya que la inflación sigue actuando durante la jubilación. Por eso necesitamos un equilibrio que combine liquidez para las necesidades cercanas, generación de rentas, preservación patrimonial y activos que protejan frente a la pérdida de poder adquisitivo.
Más allá de la edad y el patrimonio de cada uno, el error más común que comete el inversor particular español es no tener un plan. El español muchas veces no planifica, sino que colecciona productos: una cuenta aquí, un fondo allí, un piso, un seguro antiguo, algo que contrató hace años. Pero nadie está mirando la foto completa. Es como tener muchas piezas de un puzzle sin saber qué imagen se quiere construir. El dinero debe tener un propósito, porque al final invertir no consiste en tener más productos, sino en tomar mejores decisiones. La diferencia entre ahorrar e invertir es la misma que entre guardar semillas en un cajón o plantarlas. Solo una de las dos opciones permite recoger frutos.

Conclusión: construir para distintos climas
El gran error sería preparar la cartera para que solo funcione en un escenario perfecto. La clave no está en intentar adivinar si vendrá lluvia o sol, sino en construir una casa preparada para distintos climas. Las carteras del futuro deben combinar activos financieros bien seleccionados, activos tangibles y exposición a la economía real, porque diversificar no es tener muchas cosas, sino tener cosas que se comporten de forma diferente cuando el mundo cambia. No vivimos tiempos para ir en piloto automático. Cuando la carretera está despejada, cualquiera puede conducir; cuando hay niebla, es cuando se necesita un buen copiloto.

 

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